Adagio, refrán, proverbio.
La voz humana, aplicada á la enunciación de nuestras facultades superiores, deja de ser voz para convertirse en instrumento lógico de las ideas. Esto quiere decir que, bajo el punto de vista psicológico, cada vocablo representa su porción de juicio, su cantidad de pensamiento, su matiz intelectual, como bajo el punto de vista prosódico representa su porción de sonido, su cantidad de acento, su cantidad de música, el matiz propio de su articulación, como bajo el punto de vista estético representa su porción de cadencia, su cantidad armónica, su matiz de belleza ó de arte. Circunscribiéndonos aquí al valor lógico de los vocablos que encabezan el presente artículo, podemos afirmar que no conocemos un solo literato que, al hacer uso de dichas palabras en la práctica de la lengua, les atribuya su porción de juicio, su cantidad de pensamiento, su matiz intelectual, según la suprema razón de su origen, sin la cual no es posible la filosofía del lenguaje. Si el literato escribe en verso, se plega á la necesidad del consonante, y quien manda es la rima. Si escribe en prosa, se ajusta á la primera indicación de su entendimiento, de su imaginación ó de su oído, y quien manda es la discreción indeliberada de aquel instante.
Para el uso de nuestro siglo, el adagio vale tanto como el refrán, ó el refrán vale tanto como el adagio, y el adagio y el refrán valen tanto como el proverbio, cuya confusión puede llegar á ser un galimatías, no un idioma, no una serie de palabras discretas, no un sistema de voces humanas. Si el refrán significa lo que el adagio; si el adagio y el refrán significan lo que el proverbio, ¿para qué existen los vocablos proverbio, adagio y refrán? El lector comprende que uno basta, si ese uno expresa lo que expresan los tres.
Existen los términos mencionados, porque cada uno de ellos viene á reflejar en nuestra alma su prisma especial de raciocinio, de fantasía y de conciencia; porque cada uno viene á traer su acorde único en la universal armonía, su particular gradación en la infinita escala de lo que pensamos y sentimos, su átomo indivisible en la misteriosa gravitación del espíritu humano.
La existencia de dos vocablos con sentido idéntico equivaldría á un ripio del alma, y el alma, como la inmensidad, no tiene ripios. Si la esfera tuviese dos puntos iguales, dos situaciones perfectamente idénticas, en una de esas situaciones ociosas se rompería el círculo, y el sistema del universo se desquiciaría por su base.
El adagio (ad agendum apta, sentencia propia para obrar) es una regla que puede aplicarse á la conducta de los individuos, al gobierno de las familias, á la corrección y disciplina de las costumbres.
El refrán (contracción de referirán) es un dicho agudo, discreto, famoso que debe pasar de padres á hijos, que no debe olvidarse; en una palabra, que debe referirse.
¿Tiene aplicación á la fe, á la conciencia, á la filosofía, al arte, á la industria, al oficio? No importa; basta que deba referirse para que sea refrán.
El proverbio (pro, delante, y verbum, palabra; palabra general, pública, notoria, solemne) es una sentencia que ha pasado al dominio de todo el mundo, como si fuese la lengua propia de cada cual.
¿Es religiosa, científica, artística, moral, histórica? No importa el género; si la frase ha pasado al dominio de todo el mundo, es una frase proverbial. El proverbio consiste en una noción de sentimiento, casi de instinto, filosofía manual, casera, práctica, viva, palpitante, la cual se acomoda á todas las inteligencias, á todos los gustos, á todos los geniales y condiciones, como los alimentos que se acomodan á todos los estómagos.
El adagio puede olvidarse, puede no referirse, y en esto se distingue del refrán, porque el refrán se ha de referir.
El refrán puede ser un dicho notable, digno de entrar en la erudición de una lengua; pero puede no trascender á la idea de conducta, y en esto se distingue del adagio, porque el adagio ha de tener aplicación á las costumbres.
El refrán y el adagio pueden no salir de ciertas esferas; pueden tener vida dentro del círculo de ciertas clases más ó menos letradas, y en esto se distinguen del proverbio, porque el proverbio ha de matricularse en todas las casas, como si se tratase de un individuo de cada familia.
Quien comienza en juventud |
á bien obrar, |
señal es de no errar |
en senectud. |
Esta sentencia es un adagio, puesto que podemos aplicarla como una regla de conducta, casi como un precepto en materia de buenas costumbres. Si don Iñigo López de Mendoza fué quien le dió el nobre de proverbio, don Iñigo López de Mendoza se equivocó. Es adagio, porque es "sentencia propia para obrar;" no es proverbio, porque no tiene la notoriedad de las expresiones proverbiales.
No sé qué te diga Antón; |
el hocico traes untado |
y á mí me falta un lechón. |
Este es un dicho agudo, discreto, ingenioso, digno de conservarse en la memoria; esto es, digno de referirse; he aquí el refrán:
"Fulano es un Séneca; Zutano no inventó la pólvora;" estas expresiones son frases proverbiales, porque no hay un solo español que no las comprenda y que no las emplee.
"Verdad de Pero Grullo, |
que á la mano cerrada |
llamaba puño." |
Pero Grullo pasó á ser proverbio, bajo la forma de sus verdades.
"Las indirectas del padre Cobos."
El Padre Cobos pasó á ser proverbio, bajo la forma de sus indirectas.
Pero Illán se hizo proverbial por su malicia ó por su rareza, y pasó al pleno dominio del idioma bajo el nombre de Perillán. Este vocablo perillán es un verdadero proverbio, como proverbio pasó á ser el Cid bajo la forma de sus proezas; como proverbio pasó á ser Cacaseno bajo la forma de sus sandeces; como proverbio pasó á ser la madre Celestina bajo la forma de sus polvos; como proverbio pasó á ser Don Quijote bajo la forma de sus extravagancias; como proverbio pasó á ser Sancho Panza bajo la forma de sus bellaquerías.
Después de lo dicho, la clasificación de las voces propuestas no puede ofrecer dificultad alguna; el adagio es moral; el refrán, sentencioso; el proverbio, público.
El villano tien refranes; la familia, adagios; el vulgo, proverbios.
Este gran género de literatura es ciertamente una de las primeras glorias de la erudición nacional. No se sabe quién fué el ingenioso; pero ahí está su ingenio; no se sabe quién fué el prudente; pero ahí está su prudencia; no se sabe tampoco quién fué el sabio; pero ahí está su sabiduría.