"Toda doctrina nueva, atraviesa por tres estados sucesivos. Primero se la ataca declar�ndola absurda; despu�s se admite que es cierta y evidente, pero insignificante. Se reconoce por �ltimo su verdadera importancia, y sus adversarios reclaman entonces el honor de haberla descubierto."
(W. JAMES)
Con el objeto de destacar el fondo del libro, hemos cre�do conveniente poner los discursos de las conferencias, al final de la obra, como ap�ndice.
Siguen a estos, los juicios cr�ticos sobre la obra, de los ilustres escritores S. y J. Alvarez Quinteros, Concha Espina, J. Francos Rodr�guez, Francisco V. Silva, Marqu�s de Olivart, Rodr�guez Rodi�o, doctor A. Rietti, David Saravia Castro y Luis Ortiz de Guinea.
EL EDITOR.
La primera obra de Rosa Baz�n de C�mara que tuve el gusto de leer, fu� el volumen primero del libro titulado Prados de Oro.
Y hall� en �l pensamientos agudos, intensas descripciones, bello estilo, y, sobre todo, la expresi�n de una facultad nada com�n: la de objetivar, de un modo a veces admirable, estados psicol�gicos del esp�ritu, en lugar de someterse rendidamente a su dominio; algo, en suma, de lo que los alemanes llaman Einf�hlung, con vocablo intraducible.
Le� luego Collar de Momentos y Conferencias sobre Literatura de la Grecia cl�sica, y sorprendi�me en el primero la firmeza de aquellas condiciones est�ticas que tanto me hab�an deleitado en Prados de Oro; as� como admir� en las segundas, el talento de una escritora que, sin haber dedicado especialmente sus estudios al ingrato campo de la Filolog�a al uso, hab�a sabido descubrir y comentar tan art�sticamente el esp�ritu del pueblo m�s artista de la Humanidad.
Y ahora, Rosa Baz�n de C�mara me honra pidi�ndome unas l�neas que sirvan de pr�logo al conjunto de conferencias que llevan por t�tulo: El Alma del Quijote, donde aqu�lla procura condensar lo que hay de m�s hondo y humano en la maravillosa obra cervantina, que, a su juicio, �transmite y muerde el secreto de la �ntima miseria humana; la tragedia existente en todas partes, que va con nosotros en nuestro ser doble de caballero y de villano�.
Hay en El Alma del Quijote, p�ginas de intensa emoci�n, que seguramente sabr� apreciar el lector culto (y m�s aun el lector "de buena fe"), desde aquellas en que la autora retrata al ingenioso hidalgo en noche tranquila, perdido en ensue�o, �proyectando cosas inm�viles, desmesuradas, melanc�licas�, �empapado de plenitud infinita�, �navegando a ciegas hacia la muerte�, hasta aquellas otras, que contienen la dulce plegaria a la Ilusi�n, para que haga bajar de lo alto ese cendal azul, de encantamiento y ensue�o, con que suaviza en la tierra las desdichas de los Hombres.
Toda obra verdaderamente grande y genial, viene a ser patrimonio de la Humanidad. En tales condiciones, importa poco la nacionalidad del autor y aun el medio expresivo de que �ste se sirvi�. Todos se consideran autorizados para interpretarla, porque la interpretaci�n es el instrumento de que nos valemos para adentrarnos en lo que no es obra nuestra y convertirlo indirectamente en creaci�n propia, pero ello supone la atribuci�n de un valor simb�lico a lo interpretable. y de ah� la insistencia con que los hombres prestan semejante simbolismo a tales obras (el Quijote, la Divina Comedia, el Fausto, por ejemplo).
Claro est� que, en la mayor�a de los casos, el creador no quiso decir m�s que lo que dijo, y ni siquiera lleg� a sospechar que a su creaci�n se le prestaran los valores que adquiri� con posterioridad a la vida de aqu�l. Cervantes, v. gr., estaba satisfecho del Quijote, pero tengo para m� que hallaba mayor grandeza en el Persiles, y que, en el sentido est�tico, nunca crey� que superase a la Galatea. Cuando en el cap�tulo IV del Viaje del Parnaso, alude al Ingenioso hidalgo, con motivo de la melanc�lica enumeraci�n que all� hace de sus escritos, s�lo se le ocurre decir (por cierto, en lapidario terceto):
�Yo, he dado en Don Quijote pasatiempo |
al pecho melanc�lico y mohino, |
en cualquiera saz�n, en todo tiempo�. |