DON

MIGUEL LUIS AMUNÁTEGUI

1828-1888






INTRODUCCION




Dieziocho siglos há Cornelio Tácito sentó el siguiente aforismo al comenzar la biografía de Julio Agrícola: "es antigua usanza trasmitir a la posteridad los hechos i virtudes de los varones ilustres."

La simple costumbre, andando los tiempos, se ha convertido en sagrado deber.

La nocion de Patria se ha engrandecido i ha cesado de confundirse con la nocion de territorio del Estado. Todo pueblo, en el curso de su desarrollo social e histórico, atesora las memorias de aquellos de sus hijos que descuellan por el ejemplo, las hazañas o las luces, iniciadores o colaboradores de los esfuerzos de la colectividad por elevarse a mas altos destinos.

En esa falanje de nobles patricios que ilustra el pasado forman ciudadanos de todos los órdenes, i es justo que así sea, porque los espíritus superiores que han sembrado ideas i popularizado doctrinas por medio de la palabra i de la pluma han sido la intelijencia de la Patria, así como sus heroicos i armados defensores en mar i tierra han sido su brazo.

La enseñanza de justos principios dada desde la cátedra, su propaganda por el libro i por el diario, su preconizacion elocuente desde la tribuna, su aplicacion política en los consejos del Estado transfoman la entidad moral de un pueblo i deciden de su destino. Los que a tanto alto majisterio se consagran son fundadores de la Patria con tan buen título como los que aseguran su autonomía combatiendo.

Mas que el territorio i el clima, meros accidentes materiales, i mas que la raza i la lengua que nos son comunes con naciones limítrofes, esas proezas de todo linaje i esas memorias sagradas constituyen el verdadero patrimonio nacional, objeto de orgullo i estímulo ardiente para los ciudadanos i sólida i gloriosa base de la nocion de Patria.

Trasmitir a la posteridad los hechos i virtudes del docto maestro, fidedigno historiador, culto literato, orador persuasivo y distinguido i liberal estadista don Miguel Luis Amunátegui, que durante ocho lustros i en sazon decisiva para nuestros destinos, ejerció su múltiple majisterio con elevacion, constancia i éxito reconocidos, es enriquecer el patrimonio de la Nacion, i mas que ceñirse a una antigua usanza, cumplir con un noble i patriótico deber.

Tal es el propósito del presente libro.

C. MORLA VICUÑA.



BIOGRAFÍA





DON MIGUEL LUIS AMUNÁTEGUI



I


Nació don Miguel Luis Amunátegui en la ciudad de Santiago de Chile el 11 de enero de 1828. Fueron sus padres don José Domingo Amunátegui i doña Carmen Aldunate.

Don José Domingo Amunátegui, nacido en la ciudad de Chillan, e hijo de un negociante vizcaíno que habia adquirido una modesta fortuna durante los últimos años de la dominacion española, hizo con raro lucimiento sus estudios en el Instituto Nacional hasta obtener el título de abogado en abril de 1826. En el curso de su corta carrera se distinguió como profesor del Instituto, como abogado elocuente en el foro chileno, como pro-secretario en el congreso de 1828, como defensor de menores en la administracion de justicia i finalmente como vocal de la corte de apelaciones de Santiago en la majistratura. En todo estos puestos dejó un nombre respetable por el celo en el cumplimiento de sus obligaciones i por su probidad nunca desmentida.

Habiendo pertenecido al bando liberal que fué vencido en 1830, don José Domingo Amunátegui estuvo alejado del gobierno durante el resto de su vida; pero, como patriota, se injirió siempre con ardor en las luchas políticas de los diez años que se siguieron a la derrota de su partido. Se hizo notar especialmente por varias defensas de algunos correlijionarios políticos que fueron procesados como reos de conspiracion. Estos servicios, mui compromitentes en aquella época, eran prestados con el mayor desinterés. Entre estas defensas merece un recuerdo particular una pronunciada ante la corte marcial de Santiago en noviembre de 1836. El acusado era uno de los mas gloriosos jefes de nuestro ejército, el capitan jeneral don Ramon Freire. Don José Domingo Amunátegui, sin tomar en cuenta los peligros que en esos momentos envolvia el papel de defensor, desempeñó su encargo con toda valentía; i contra la prevision unánime de sus colegas del foro, logró salvar al ilustre reo, de una condenacion capital.

En medio de los trabajos profesionales a que tenia que atender para servir a su numerosa clientela, don José Domingo Amunátegui no descuidó un instante la educacion de su familia. Descubriendo en su hijo mayor las notables dotes de intelijencia que mas tarde han hecho de él una de nuestras mas encumbradas ilustraciones literarias, se encargó el mismo de comunicarle los conocimientos que adquiere en la escuela el mayor número de los niños. Para desarrollar las dotes intelectuales de su hijo, le hacía leer sucesivamente en alta voz ya la Historia universal de Segur, traducida por Lista, ya las novelas de Walter Scott, ya la Historia de Carlos V escrita por Robertson, ya las Leyendas españolas de don José Joaquin de Mora, de quien, como liberal de 1828, era admirador i amigo. El padre queria realizar en la education de su hijo el precepto de Horacio de mezclar lo útil con lo agradable. La lectura variada de esas obras i de otras análogas, estaba calculada para fecundar el entendimiento sin esterilizar la imajinacion.

Esta tierna paternidad intelectual, bien superior por cierto a la material, debia cesar mui pronto. Don Miguel Luis Amunátegui contaba apénas catorce años cuando el 27 de setiembre de 1842 su padre falleció repentinamente. Cuando llegaba a su casa de vuelta del tribunal de que era miembro, se le rompió un aneurisma de que padecia hacía tiempo.

El fallecimiento de don José Domingo Amunátegui sumerjió a su familia en una pobreza mui parecida a la miseria. Despues de una vida tan honrada como laboriosa, legaba a sus hijos un nombre puro; pero en materia de bienes de fortuna, les dejaba ménos que nada, porque dejaba créditos pasivos superiores a su escaso haber. Contando con el fruto de su trabajo don José Domingo Amunátegui habi otorgado varias fianzas que fué necesario satisfacer despues de su muerte. Para cubrirlas, su familia se vió forzada a vender desde los libros de su biblioteca hasta los cubiertos de la mesa.

Refiriéndome las angustias de ese período de su existencia, don Miguel Luis Amunátegui recordaba con profunda gratitud, que una de las personas que acudió al auxilio de su apurada familia fué el jeneral Freire. El padre de Amunátegui que habia ido a buscar a aquel a una prision para ofrecerle sus servicios profesionales en 1836, cuando el carácter de defensor i de amigo del héroe desgraciado acarreaba mui sérios compromisos, habia hecho la defensa del jeneral Freire por puro patriotismo i sin querer recibir ningun honorario. Pero este célebre patriota, obligó a la familia de su abogado a aceptar por el honorario insoluto, una cantidad de dinero, espresando con voz conmovida que lamentaba en el lamentaba en el alma el que su situacion pecuniaria no le permitiera ser tan largo como lo deseaba su corazon.



II

La repentina muerte de don José Domingo Amunátegui ocurrió precisamente en los momentos en que la vida de éste era mas necesaria a su familia. El mayor de los hijos que dejaba, tenia entónces catorce años, como ya dijimos; i sobre él iba a recaer la obligacion de hacer de jefe del hogar, de dirijir la educacion de sus hermanos, de pagar por medio de su trabajo, i a fin de conservar a su familia la casa que habitaba, las fianzas que su padre habia dado para servir a algunos amigos, i sin calcular en la situacion embarazosa que su temprana muerte iba a crear a sus hijos. Vamos a ver cómo don Miguel Luis Amunátegui, niño todavía, acometió esta empresa que habria arredrado a muchos hombres, i cómo se inició en esa vida de labor i de sacrificios que acabó por formar de él uno de los tipos mas completos de abnegacion y de virtud.

Hemos dicho ya que don Miguel Luis Amunátegui no concurrió nunca a la escuela. Cuando su padre le hubo enseñado todo lo que podia apender en su casa i en la primera edad, lo colocó en el Instituto Nacional al abrirse el año escolar de 1840. El mismo dia tambien entraba al colejio su hermano segundo, don Gregorio Victor, que iba a ser el compañero inseparable de toda su vida, el colaborador de la mayor parte de sus trabajos literarios, i el auxiliar constante en todos los afanes que iba a crearles su temprana horfandad. En esa época, los estudios obligatorios de instrucccion secundaria estaban reducidos al latin i a la fisosofía. Era entónes opinion jeneral que el conocimiento de aquella lengua daba el del idioma patrio, i por esa eran mui pocos los alumnos que concurrian a una clase libre de gramática castellana; pero don José Domingo Amunátegui, era demasiado ilustrado para participar de semejante error, i habia determinado que sus hijos aprendieran prolija i particularmente no solo la gramática castellana, sino la jeografía i los elementos de cosmografía que se enseñaban en el Instituto como clases sueltas.

Afortunadamente, para don Miguel Luis Amunátegui i para sus condiscípulos, el 25 de febrero de 1843 fué dictado un nuevo plan de estudios secundarios que importó una reforma trascendental en la enseñanza pública. Ese plan fijaba un órden obligatorio de estudios, i comprendia, junto con el latin, la gramática castellana, el francés, la jeografía, la cosmografía, la historia, las matemáticas elementales, la filosofía y la literatura. Recuerdo todavía la impresion que produjo esta reforma entre los estudiantes i el mayor número de los padres de familia. Lamentaban la obligacion de estudiar aquellos ramos que la ignorancia vulgar calificaba de innecesarios, como mas tarde han calificado del mismo modo el estudio de la física, de la química i de la historia natural. Decíase jeneralmente que habiendo en Chile demasiados abogados, el gobierno habia ideado esta innovacion para reducir el número de los jóvenes que llegasen a la posesion de ese título.

Don Miguel Luis Amunátegui perteneció al primer curso que hubiese sido sometido al nuevo plan de estudios. Es curioso observar que hasta ahora no ha habido en Chile ningun curso del cual hayan salido tantos escritores mas o ménos sobresalientes. Baste recordar que junto con él estudiaron su hermano don Gregorio Víctor, don Eusebio Lillo, don Guillermo, don Alberto i don Joaquin Blest Gana, don Santiago Godoi, don Ramon Sotomayor Valdés, don Floridor Rojas, don Pio Varas, don Pedro Pablo Ortiz, don Ambrosio Montt, don Ignacio Zenteno, don Pedro Leon Gallo i varios otros que, aunque dotados de verdadera intelijencia, no han seguido mas tarde una carrera propiamente literaria.

Entre todos nuestros camaradas, don Miguel Luis Amunátegui descollaba en primer lugar. No solo estudiaba los testos con incansable teson i dedicaba sus ratos de ocio i de pasatiempo a la lectura de todos los libros que llegaban a nuestras manos, sino que discutia sobre historia, literatura i filosofía con todos nuestros compañeros, algunos de los cuales habian adquirido desde temprano conocimientos mui superiores a su edad. La supremacía de don Miguel Luis Amunátegui se revelaba por muchos hechos. Obtuvo el premio en todas las clases que cursó en el Instituto Nacional, i nunca se levantó entre nuestros camaradas una sola voz para decir que habia injusticia en aquella designacion. Cuando se acercaba la época de exámenes, don Miguel Luis Amunátegui era el repetidor obligado para repasar las nociones adquiridas a un número considerable de nuestros condiscípulos.

Pero el 19 de diciembre de 1846 recibió Amunátegui un premio mas precioso que las medallas de oro o de plata que se dan a los estudiantes distinguidos. En ese dia rendíamos, en la capilla del antiguo Instituto, el exámen de latin final; i el sábio rector de la Universidad, don Andres Bello, quiso presenciar esos exámenes i aun examinar al mayor número de los alumnos. Cuando llegó su turno a don Miguel Luis Amunátegui, el eminente humanista le pasó un volúmen de Horacio, i le mandó que lo abriera en una de las odas, en la que comienza Sic te Diva potens Cypri. Amunátegui leyó admirablemente, cosa que no siempre pueden hacer aun los estudiantes mas distinguidos, i en seguida tradujo aquellos versos encantadores con tanta elegancia como exactitud, recibiendo casi despues de cada frase un signo de aprobacion del ilustre examinador. Don Andres, aunque de ordinario induljente en esta clase de pruebas, halló en esta ocasion campo abundante para ejercitar sus gustos de latinista; i queriendo calcular hasta dónde llegaban los conocimientos del alumno, le hizo todo jénero de preguntas sobre la analojía, la sintáxis, la prosodia i la métrica del idioma de Virjilio. A todas contestó Amunátegui con precision i con lucimiento. Cuando llegó el caso de tomar la votacion, el ilustre rector de la Universidad declaró con verdadera efusion de sentimiento, i delante de los examinadores i de los alumnos, que el jóven que tan lucida muestra acababa de dar de su competenia, se hallaba en aptitud de ser uno de los mas distinguidos profesores de nuestra patria i que estaba destinado a ser mas tarde una de las mas brillantes glorias de nuestra literatura. Nestros lectores podrán juzgar si se ha cumplido o nó aquel vaticinio.

En los momentos en que obtenia un triunfo tan espléndido, don Miguel Luis Amunátegui, en vez de destinar al descanso o a las diversiones las pocas horas que le dejaban libres sus tareas de estudiante, trabajaba sin cesar en procurarse recursos por los medios mas honrosos para subvenir a las necesidades de su familia. Su intelijencia, los conocimientos que habia adquirido, i hasta la suavidad de su carácter, lo inclinaban irresistiblemente a la carrera del profesorado. Pero como era demasiado jóven todavía, no podia aspirar a una cátedra en ningun colejio, i se vió reducido a dar lecciones en clases privadas. Cada una de éstas le procuraba una entrada de cuatro pesos mensuales, que era la tarifa comun i corriente para este jénero de servicios. En esta forma, Amunátegui enseñó la gramática castellana a don Manuel Pardo, jóven intelijente que fué mas tarde presidente del Perú. Esta circunstancia relacionó a Amunátegui con el eminente literato don Felipe Pardo i Aliaga, entónces ministro plenipotenciario del Perú cerca del gobierno de Chile. Don Felipe Pardo le manifestó mucha estimacion, i le pagó como honorario de la clase hecha a su hijo una onza de oro, precio que en aquella época parecia estraordinario i exhorbitante.

Para llenar los compromisos de maestro i para cumplir a la vez sus obligaciones de alumno, Amunátegui estaba obligado a estudiar hasta media noche, i a vivir léjos de todo pasatiempo i de toda distraccion. A pesar de esto, la escasez de la familia era tan grande que don Miguel Luis i su hermano don Gregorio Victor, estaban en la necesidad imprescindible de estudiar sus lecciones en un solo libro, por carecer de recursos para comprar dos. En las clases del Instituto, ambos atendian de ordinario la traduccion del latin o del francés en un solo testo. Así se comprenderá el afecto filial que don Miguel Luis Amunátegui ha profesado siempre a aquel establecimiento. El, como muchos otros hombres mui distinguidos de nuestro país, es una prueba evidente de que, si el Estado abandonara la instruccion a manos mercenarias, los pobres quedarian desheredados de todos los beneficios de la civilizacion, la patria perderia muchos de sus mas elevados talentos, i la sociedad se veria privada de los elementos de progreso i bienestar que todo hombre educado esparce en ella.

Como su padre habia sabido despertar desde temprano la aficion a la lectura en el espíritu de don Miguel Luis Amunátegui, éste estaba mui léjos de limitarse al aprendizaje de los testos. Por el contrario, leia en compañia de su harmano cuantos libros podian facilitarles aquellos de sus compañeros que por ser mas favorecidos por la fortuna, tenian medios para proporcionárselos. Desde esa época tambien, Amunátegui era uno de los mas asíduos asistentes a la Biblioteca Nacional. Los directores de este establecimiento, don Francisco García Huidobro i don Vicente Arlegui, maravillados de la estremada aplicacion de ese jóven tan pobre como modesto, infrinjieron en su favor la regla que prohibia a otros que no fueran los empleados, la entrada a los salones en que se hallan colocados los libros.



III

A los conocimients que Amunátegui recojia en la lectura, vinieron a agregarse los que pudo adquirir en el trato de dos de los sábios mas eminentes que hayan pisado nuestro suelo.

En los primeros meses de 1847, se hallaba don Andres Bello en Peñaflor, pasando la temporada de vacaciones. Los hermanos Amunáteguis habian ido tambien a ese lugar en compañía de unos parientes suyos. Allí llevaban la vida retirada i de estudio que observaban en Santiago. Don Andres Bello, sabiendo que esos jóvenes no concurrian por modestia o por contraccion al trabajo, a los frecuentes paseos que tenian lugar en aquel sitio, fué en persona a invitarlos para que visitasen su casa. Aquella distincion honraba tanto al ilustre sábio como a los jóvenes en quienes habia descubierto algunos meses ántes, en los exámenes del latin del Instituto, las dotes que caracterizan a los hombres distinguidos.

Desde esa fecha empezaron las relaciones que existieron siempre entre don Andres Bello i don Miguel Luis Amunátegui. Se sabe cuán estrechas vinieron a ser esas relaciones. Don Andres Bello llegó a contar a los hermanos Amunáteguis, en el seno de la mas íntima amistad, todas las incidencias de su vida accidentada. Los Amunáteguis pagaron esta confianza con una infidencia de que se han felicitado las letras americanas. El dia que ménos lo esperaba, Bello vió con sorpresa que sus jóvenes amigos habian escrito un grueso volúmen en que contaban estensamente la vida del sábio americano, dando a conocer todas las prendas de su carácter i apreciando cada una de sus obras con una elevacion i una sagacidad que casi no podian esperarse de la juventud de aquellos escritores.

Estas relaciones entre don Andres Bello i don Miguel Luis Amunátegui llegaron a ser tan tiernas i estrechas como las de un padre que estimula i mira con orgullo los progresos literarios del mas distinguido de sus hijos. Entre infinitas pruebas de intimidad de que fuí testigo, recuerdo que el primero obsequiaba invariablemente al segundo un ejemplar de cada nueva edicion de su Gramática Castellana o de cualquiera de las obras que publicaba, pidiéndole de palabra o por escrito que le comunicase las observaciones que su lectura pudiera sujerirle. En muchas ocasiones le entregó sus manuscritos, encargándole que los revisara ántes de darlos a la prensa. Una vez le obsequió un puñado de borradores de varias composiciones poéticas, que por el debilitamiento de su pulso o por la prisa con que habian sido trazadas, el mismo don Andres no podia descifrar. Amunátegui, con una intelijencia superior, i con aquella prolijidad que empleaba en todos sus trabajos literarios, interpretó aquellos borrones i los insertó en un notable estudio crítico sobre las poseías de don Andres Bello, que dió a luz algunos años mas tarde. En los últimos dias de su vida, Bello habia rimado una composicion titulada la Moda, semejante a la Epístola a Andres de Moratin, i la dedicó a don Miguel Luis Amunátegui. En ella censuraba con singular donaire los defectos mas comunes de lenguaje de los poetas hispano-americanos; pero como allí hacía ciertas alusiones críticas a algunos de los escritores chilenos, a quienes por otra parte profesaba cariño, no quiso entónces que esa composicion fuese publicada.

Otro maestro ilustre que ejerció una grande influencia en la direccion de los estudios de don Miguel Luis Amunátegui, fué don Luis Antonio Vendel-Heyl, humanista eminente i profesor envejecido en un liceo de Paris, a quien la casualidad de un naufrajio habia arraigado en Chile, en 1840. Habiéndose confiado este sobresaliente filólogo una clase de latinidad superior en el Instituto Nacional, que poco mas tarde pasó a ser una clase suelta para los alumnos que quisiesen concurrir voluntariamente a ella, Vendel-Heyl casi no tuvo durante algunos años otros discípulos que los dos hermanos Amunáteguis. Esta circunstancia, tan rara como propicia, permitió a esos jóvenes enteramente desheredados de la fortuna, tener un maestro digno de príncipes, no solo por la ciencia de éste, sino por la manera particular con que les daba sus lecciones. Vendel-Heyl pudo consagrar así una atencion especialísima a la instruccion de sus dos discípulos. Hombre hábil, a la vez que poseedor de los mas variados conocimientos en humanidades, llegó a enseñarles, no solo la literatura latina, sino tambien la francesa; haciéndoles estudiar i apreciar minuciosamente, i valorizando bajo su direccion cada frase i cada palabra, un gran número de obras maestras antiguas i modernas.

Antes de mucho tiempo, los hermanos Amunáteguis pasaron a ser los amigos i los colaboradores del sábio profesor. Vendel-Heyl habia proyectado la composicion de un curso de temas latinos con frases sacadas de los autores clásicos. Para realizar su pensamiento, hizo que sus alumnos se pusieran a leer, pluma en mano i con la gramática al lado, los principales autores de la literatura romana, para buscar ejemplos que dispuestos con método, facilitasen a los jóvenes una série de aplicaciones prácticas de las reglas gramaticales, i que al propio tiempo les fuesen poniendo a la vista preceptos literarios, nociones históricas, máximas políticas i axiomas morales.

Para ejecutar este trabajo, don Miguel Luis Amunátegui recorrió con una paciencia de erudito envejecido, un gran número de obras latinas, en prosa i en verso, recojiendo en todas ellas un vasto caudal de notas para el libro proyectado. Don Luis Antonio Vendel-Heyl, en el prólogo de la obrita que dió a luz en 1848 con el título de Sumario de la historia de Grecia i de Roma, menciona con aplauso la activa cooperacion que don Miguel Luis Amunátegui le prestaba para la formacion de un libro tan laborioso como la coleccion de temas latinos que estaba preparando.

Por desgracia, tan minucioso i modesto trabajo fué perdido. Por motivos que no es del caso esponer aquí, la obra proyectada no se dió jamas a luz. Sin embargo, fácil es concebir que este estudio tan prolijo i detenido de los principales prosistas i poetas latinos, no pudo ser infructuoso para Amunátegui. Se puede decir que ningun escritor chileno ha entrado en la carrera literaria con una preparacion mas sólida en la literatura clásica i séria. Solo así puede esplicarse la madurez de sus ideas, aun en los escritos de su primera juventud, i la correccion de su lenguaje en una época en que casi todos los libros i los periódicos que se publicaban en nuestro país, abundaban en los mas groseros defectos de lenguaje.



IV

En 1847, don Miguel Luis Amunátegui se inicia en la carrera del profesorado, despues de uno de los triunfos mas brillantes que recuerdan los anales de la enseñanza pública en nuestro país.

Al cerrarse el año escolar de 1846, el ministerio de instruccion pública habia acordado dar a oposicion dos clases de humanidades en el Instituto Nacional. Los profesores que las obtuvieran debian enseñar el latin, la gramática castellana, toda la historia, la jeografía, la cosmografía i las matemáticas elementales. Aquel sistema, condenado mas tarde por la esperiencia, exijia profesores mui laboriosos, si éstos habian de cumplir regularmente las variadas obligaciones de su cargo.

Don Miguel Luis Amunátegui, que en esos mismos dias terminaba sus estudios de humanidades, corrió a inscribirse en la lista de los opositores para el certámen, sometiéndose al efecto a las pruebas exijidas para obtener una de esas clases. Entónces, sin embargo, se suscitó una dificultad. Segun las disposiciones vijentes, los aspirantes a las clases dadas en oposiciones, debian haber cumplido 21 años: pero el consejo de la Universidad podia dispensar ésta u otra de las formalidades legales, en vista de los méritos de los pretendientes. Como a principios de 1847, don Miguel Luis Amunátegui solo habia cumplido diez y nueve años, tuvo que solicitar una dispensa de edad para tomar parte en el certámen. En la sesion de 9 de enero de aquel año, el consejo universitario tomó en cuenta esta solicitud; i segun consta del acta respectiva, la peticion de Amunátegui fué calorosamente defendida por el sábio rector de la corporacion. Don Andres Bello alegó, entre otras razones, que habia presenciado el exámen final de latin rendido por Amunátegui, "en el que no habia dejado qué desear, habiendo mostrado un vasto i profundo conocimiento de aquel ramo." Despues de oir esta opinion, el consejo autorizó debidamente a Amunátegui para concurrir al certámen. No estará demas observar aquí que esta es la única solicitud que en su vida hizo don Miguel Luis Amunátegui; i como se ve, lo que pedia no era la dispensa de tales o cuales estudios, sino la facultad de rendir una prueba enormemente difícil ántes de haber llegado a la edad que la lei consideraba indispensable para haber adquirido la conveniente preparacion.

Jamas podrá imajinarse cuál fué la tarea que se impuso Amunátegui durante los dos largos meses a fin de hallarse perfectamente preparado para el dia del certámen. Repasó una i otra vez todos los ramos que entónces constituian el curso de humanidades; i al fin, a pesar de su modestia característica, adquirió la conviccion de que estaba preparado para triunfar.

Las pruebas debian consistir en un discurso escrito i en una leccion oral sobre temas dados con plazos mui cortos para la preparacion. El jurado se compuso del rector del Instituto, don Francisco de Borja Solar, i de los miembros de la facultad de filosofía i humanidades don Luis Antonio Vendel-Heyl, don José Victorino Lastarria i don Ramon Briseño.

Recuerdo todavía, como si fuese cosa ocurrida ayer no mas, la impresion que produjo la prueba oral que en esa circunstancia rindió Amunátegui. Segun la cédula que sacó de la urna, debia traducir un trozo cualquiera de las obras de Ciceron. Hasta entónces los profesores de latin se habian limitado a traducir con mas o ménos elegancia, con mas o ménos exactitud. Los alumnos no habian oído nunca de sus maestros una noticia histórica o literaria acerca del autor que tenian entre manos. Amunátegui, que por consejo de Vendel-Heyl habia leído i releído el Tratado de estudios de Rollin, quiso romper con la rutina, i ántes de comenzar la traduccion pronunció un corto per sólido discurso, en que despues de trazar una lijera biografía de Ciceron, apreciaba con verdadero talento la importancia literaria de sus escritos. Los condiscípulos de Amunátegui, que habiamos concurrido llenos de interés a verlo cómo se desempeñaba en aquella prueba, no pudimos dejar de aplaudir las dotes eminentes que desplegaba desde su primer ensayo en la carrera del profesorado.

El resultado de este certámen, por lo que toca a don Miguel Luis Amunátegui, está consignado en las palabras siguientes del informe que dió la comision en 31 de marzo de 1847: "En la prueba escrita, dice ese documento, merece preferente recomendacion don Miguel Luis Amunátegui, por el bien concebido plan de su memoria; por su estilo lójico, natural i sencillo, i por su lenguaje puro i castizo"... "En la prueba oral se ha mostrado tambien digno de preferencia el mismo señor Amunátegui por un verdadero conocimiento de la gramática, prosodia i jenialidades de la lengua latina, i por la propiedad i elegancia de su version."

A virtud de este informe, el ministro de instruccion pública don Salvador Sanfuentes, nombró a Amunátegui, por decreto de 6 de abril 1847, profesor de humanidades del Instituto Nacional. Este nombramiento le imponia tres horas tres cuartos de trabajo diario, sin incluir el tiempo de preparacion para sus clases, i le producia el sueldo anual de 800 pesos, con que desde entónces pudo atender a las necesidades mas premiosas de su familia. En cambio, el constante i penoso estudio de varios meses en que no habia desperdiciado una sola hora, i en que apénas habia dormido, le causó una molestísima enfermedad de la garganta, que por algun tiempo resistió a todos los medicamentos, i que algunos facultativos consideraron incurable i que lo hizo sufrir varios años.

Amunátegui se estrenó en el profesorado pronunciando en una reunion solemne de todos sus colegas, un hermoso discurso sobre las ventajas de los estudios clásicos. En seguida, comenzó a desempeñar su tarea en la enseñanza, desplegando desde el primer dia el tino i la sagacidad del mas esperimentado de los maestros. Don Andres Bello, que vijilaba de cerca los progresos de la instruccion en el Instituto Nacional, se hizo un deber de recomendar las dotes especiales del jóven profesor i las esperanzas que su talento hacía concebir para los progresos de la instruccion pública. En la memoria que leyó a la Universidad el 29 de octubre de 1848, para dar cuenta de los trabajos de la corporacion durante el primer quinquenio de su existencia, se encuentran las significativas palabras que siguen: "En el Instituto Nacional, dice Bello, se hace actualmente el estudio del latin de un modo que no dudo satisfará en breve todas las exijencias razonables. Quizá es allí solo donde se ha comprendido que debe aspirarse a algo mas que a una tintura superficial, suficiente apénas para el eclesiástico, jurisconsulto i el médico. Yo he visto muestras brillantes en los exámenes del último año escolar; i entre los alumnos que han completado esta parte de su education, los hai de un mérito sobresaliente que ejercen el profesorado en el mismo Instituto i en otros establecimientos. El discurso pronunciado por uno de ellos, don Miguel Luis Amunátegui, sobre esta misma materia, en un acto solemne del Instituto Nacional, es una produccion admirable por el talento i por el lenguaje; i revela en el jóven profesor una aficion entusiasta a la lengua i literatura que recomienda."

Se creeria que el hombre que dedicó en su primera juventud un estudio tan detenido i profundo a la lengua i literatura latinas, que el escritor que debe principalmente a ese estudio la solidez de su estilo i la propiedad de su lenguaje, hubiese sido siempre partidario ardoroso del aprendizaje obligatorio de esa lengua i de esa literatura. Ordinariamente se ve que los mas encarnizados enemigos de tales o cuales estudios, los que declaran innecesarios estos o aquellos ramos de la ciencia, son los que no tienen acerca de ellos la menor tintura. Pero Amunátegui, a las otras dotes eminentes de escritor i de pensador, agregaba una que sus mismos adversarios no han podido poner jamas en duda. No hablaba, ni escribia, no ha hablado ni ha escrito nunca, sobre una materia que no hubiese estudiado a fondo. Examinando la cuestion de si el estudio del latin deberia ser jeneralmente obligatorio para todos los que aspiran a las carreras profesionales, Amunátegui sostenia que aunque su conocimiento es mui útil para los eruditos i los literatos, puede ser reemplazado con ventaja para la mayoría de las personas por el de las lenguas i literaturas modernas, i por otros ramos científicos de mayor aplicacion i de una utilidad mas práctica. Amunátegui defendió en varias ocasiones esta opinion, i especialmente en la discusion que sobre esta materia abrió la facultad de humanidades el año 1865. Es notable sobre todo el discurso que pronunció en la sesion de 13 de junio de ese año, i que constituye la mejor defensa que conozcamos de la opinion sostenida por Amunátegui. Las formas tan elegantes como correctas de ese notable discurso, en que el orador sostenia la inutilidad relativa de los estudios clásicos en un estilo i con lenguaje que revelaban la profundidad i la estension de sus conocimientos en la lengua del Lacio, nos hace recordar el caso del filósofo Malebranche, que segun la feliz espresion de Voltaire, empleaba grande imajinacion para probar que el hombre no tiene imajinacion. Años mas tarde, siendo ministro de instruccion pública, Amunátegui suprimió el estudio obligatorio del latin facultando a los aspirantes a títulos universitarios para reemplazarlo por el de dos idiomas vivos.

El brillo del certámen en que Amunátegui obtuvo una cátedra de humanidades en el Instituto Nacional, fué causa de que se le llamara a prestar sus servicios en algunos de los colejios mas acreditados de Santiago. Don Rafael Minvielle, que entónces dirijia un buen establecimiento de instruccion secundaria, confió a Amunátegui la clase de filosofía i de literatura. La obligacion en que está todo profesor sério de estudiar el ramo que enseña, indujo a Amunátegui a consolidar i a ensanchar los excelentes conocimientos que habia adquirido en todos los ramos que en esa época constituian la instruccion secundaria. Hasta en sus últimos años era curioso verlo en los exámenes a que era llamado como profesor o como miembro de la facultad de filosofía i humanidades, cómo recordaba las nociones que entónces adquirió en materias que indudablemente no pudo repasar mas tarde.



Don Miguel Luis Amunátegui, 1828-1888

Rutgers University Libraries
F3095.A55


Omnipædia Polyglotta
Francisco López Rodríguez
[email protected]
[email protected]