HISTORIA CRÍTICA

DE LA

LITERATURA ESPAÑOLA,

POR

DON JOSÉ AMADOR DE LOS RIOS,

INDIVIDUO DE NÚMERO DE LAS REALES ACADEMIAS DE LA HISTORIA Y NOBLES
ARTES DE SAN FERNANDO, DECANO DE LA FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS
DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL, ETC.


TOMO I.

MADRID.
IMPRENTA DE JOSÉ RODRIGUEZ, FACTOR, NÚM. 9.
1861.





INDICE.



Páginas.

DEDICATORIA"
ADVERTENCIA"
INTRODUCCIONI II III IV V VI VII VIII IX X XI XII XIII XIV XV XVI .





Á S. M. LA REINA, DOÑA ISABEL II.

SEÑORA:

El libro que hoy tengo la honra de ofrecer á V. M., no es la narracion de los hechos sangrientos, ni de las afrentosas aberraciones, ni de las aterradoras catástrofes que anublan á la contínua las brillantes páginas de la historia. Traigo á los piés del trono constitucional de la Reina de España la HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA, donde si se revelan vivamente los grandes conflictos de la patria, templan y endulzan sus dolores las pacíficas glorias de sus preclaros hijos.

Mas no osára presentar á V. M. esta pobre ofrenda, que hace sólo aceptable la magnitud del objeto, si no me infundiese V. M. aliento y confianza: sabedora V. M. de que habia consagrado largas vigilias á empresa tan árdua y todavia no realizada, movida del ilustrado patriotismo que resplandeció un dia en doña Berenguela y doña Maria de Molina, en doña Catalina de Alencastre y doña Isabel I.a, egregias protectoras de las letras castellanas, no solamente se dignó aplaudir con hidalguia de española mis difíciles tareas, sino que deseando tambien estimularlas, me honró con magnanimidad de Reina, oyendo algunos capítulos de la misma obra; distincion que por lo inusitada y por haber nacido espontáneamente en el ánimo de V. M., fué para mi doblemente acepta y satisfactoria.

La HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA, dados estos singulares precedentes, no podia ver la luz pública sin que el augusto nombre de V. M. ilustrase su primera página. Al concederme V. M. merced tan señalada, no ignoraba sin duda que seria mayor y de más alto precio el tributo de mi gratitud, si como he tenido voluntad y perseverancia para acometer y dar cima á tan grandioso pensamiento, me hubiera concedido el cielo el talento de los grandes historiadores y de los profundos filósofos, para realizarlo.

No olvide V. M. sin embargo que si no corresponde el fruto de mis vigilias á la grandeza del asunto, tiene al menos la HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA el mérito de ser la primera escrita por un español en lengua castellana.

SEÑORA:

Á L. R. P. DE V. M.




ADVERTENCIA.



Ocioso parecerá el llamar aquí la atencion de los lectores, consagrada la Introduccion siguiente á exponer el objeto fundamental y el plan, á que hemos sujetado la Historia crítica de la Literatura española. Muévenos sin embargo un antiguo deber, cuyo olvido seria grave pecado, á consignar la gratitud, engendrada en nuestro pecho por muy distinguidos varones que, ya ministrándonos preciosos datos, ya auxiliándonos con doctas advertencias, han contribuido al mejor éxito de nuestras vigilias. Pero es en verdad harto doloroso el añadir que casi todo los que nos obligan con tan dulce recuerdo, han pasado ya de esta vida: tal sucede por desgracia con don Alberto Lista y Aragon, don Javier de Burgos, don Manuel José Quintana, don Jacobo Maria de Parga, don Antonio Gil de Zárate y don José de la Revilla, quienes en vario concepto nos alentaron generosos para llevar á cabo esta empresa.

Ni es menor nuestra deuda para con otros entendidos literatos extranjeros: durante el largo tiempo empleado en la Historia, hemos procurado hacer públicas y probar en la piedra de toque de la crítica las ideas fundamentales sobre que debia girar aquella: al efecto recogimos en un libro los materiales allegados respecto de la raza hebrea, sacando á luz en 1848 los Estudios históricos, políticos y literarios sobre los Judios de España, y no con distinto propósito dimos á la estampa en 1852 las Obras del Marqués de Santillana, exponiendo en sus Ilustraciones la clave principal de más graves estudios, realizados en la presente obra, algunos de los cuales hemos publicado tambien en Revistas francesas y alemanas. Á escritores tan doctos y celebrados, en una y otra nacion, como Wolf, Schack, Hammer Purgstall, Lemcke, Kayserling, Saint Hilaire, Michelet, Philarète Chasles, La Boulaye, Puibusque, Circourt (Adolfo), Baret, La Rigaudière, Ducros y otros no menos distinguidos, hemos debido benévola acogida y tal vez excesivo aplauso: su indulgencia ha estimulado no obstante nuestro patriotismo, persuadiéndonos de que no eran del todo inútiles nuestras árduas tareas; y este bien, venido de sus manos, no podia quedar por nuestra parte sin la merecida paga.

Reciban pues cuantos nos ayudaron dentro de España y cuantos nos honraron fuera de ella con sus aplausos y saludables avisos ó tradujeron á sus lenguas nativas nuestros ensayos, el más vivo testimonio de reconocimiento en estas breves líneas: la Historia crítica de la Literatura española no podia ser ingrata á sus bienhechores; y reconocido el beneficio, ninguna ocasion más propia y solemne que la de aparecer á la luz del dia, para mostrarse bien nacida.

Al comparecer de nuevo ante el tribunal de los doctos, no nos desvanece sin embargo la presuncion de juzgar perfecta nuestra obra: llegamos, sí, con aquella honrada tranquilidad de quien ha consagrado la vida entera al logro de una idea meritoria, y esperamos su fallo, seguros de que si nuestras vigilias no merecieren su alabanza, ganarán al menos su indulgencia. Ni replicaremos tampoco á más severo ó menos bien intencionado juicio, pesadas las dificultades de la empresa, con aquel malicioso epigrama, en que el poeta de Bilbílis moteja á sus detractores:

Cum tua non edas, carpis mea carmina, Laeli.
Carpere vel noli nostra, vel ede tua.1



1 Lib. I, ep. XCII.





INTRODUCCION.



Espirítu, carácter y tendencias de la crítica literaria en España.
--La crítica en el siglo XIX.
--Objeto y plan de esta obra.


I.



Han pasado ya felizmente aquellos dias en que, para mengua de la civilizacion y con ofensa de la justicia, levantándose sobre la trípode de las antiguas sibilas, preguntaba el falso espíritu de la filosofia y de la crítica, por boca de Mr. Masson, á la faz del mundo ilustrado: "¿Qué se debe á España? Dos, cuatro, diez siglos há, ¿qué ha hecho por Europa?" Á esta pregunta, formulada con la arrogancia que dió á todas sus paradojas el seudofilosofismo del pasado siglo, no solamente replicó ya el clarísimo Denina, y con él doctos españoles, á quienes hizo elocuentes el agravio de la patria, 1 sino que recobrado el imperio de la razon, y revocado noblemente aquel fallo que parecia condenarnos á eterna barbarie, responden hoy los más ilustres varones del Antiguo y del Nuevo Mundo, consagrando todas sus fuerzas intelectuales al importantísimo estudio de nuestra historia política, y al no menos interesante de la historia de la hermosísima literatura castellana.

Convienen los más, cualquiera que sea la extension de sus trabajos y el fin adonde se encaminen, en que ocupa aquella, bajo el aspecto de la nacionalidad, el primer puesto entre cuantas literaturas se formaron desde la caida del Imperio romano 2. Pero cuando esta confesion se hace por escritores extraños, que si se muestran animados del hidalgo anhelo de la verdad, no han podido penetrar aun todos los misterios de la cultura española, harto reprensible y doloroso es que no haya pensado todavia en el presente siglo ningun español en trazar la historia de nuestras letras, la más interesante para nosostros de cuantas pueden escribirse entre las naciones neolatinas. Verdad es que la misma riqueza y abundancia de materiales, la misma variedad de elementos, y sobre todo la gran diversidad de miras respecto del arte, han sido causa de que se hayan retraido de tan laudable propósito los que tal vez se hallaban dotados de fuerzas para realizarlo, y han servido tambien de obstáculo insuperable á los que, llevados del espíritu de escuela, han visto con intolerante desden cuanto no se ajustaba á sus doctrinas. La crítica, lejos de ser por estas razones saludable para los buenos estudios; lejos de aparecer á nuestra vista, ostentando en su diestra la antorcha de la filosofia, para derramar la luz por todas partes; lejos de conducirnos al verdadero templo de la inmortalidad, para rendir en sus aras el tributo de la admiracion á los ingenios españoles que han conquistado en él levantado asiento, sólo ha servido para extraviar los pasos de la juventud, á quien animaba el fuego santo de la inspiracion; sólo ha derramado tinieblas en el ancho campo de las letras; sólo nos ha podido conducir al despeñadero.

Mas no culpemos á nuestros mayores ni por su exclusivismo respecto de la estimacion en que tuvieron ciertas doctrinas, ni por la indiferencia con que miraron las obras literarias que no se fundaban en las mismas. Cuando, operado ya el renacimiento de las letras y de las artes en el suelo de Italia, fueron conocidos en España los estudios clásicos, merced á los esfuerzos de reyes tan ilustrados como don Juan II de Castilla, don Alfonso V de Aragon y la Reina Católica, esfuerzos hasta ahora no bien quilatados; cuando deslumbrados, ya al brillar la aurora del siglo XVI, por la luz que despedian las removidas ruinas del mundo antiguo, abandonaron nuestros poetas eruditos las formas artísticas de Mena y de Santillana, para seguir las huellas de Petrarca y de Sannazzaro, y más tarde las de Horacio y de Virgilio, vano hubiera sido el solicitar que se respetasen siquiera los monumentos literarios y artísticos de la edad media, calificados en Italia y despues en España con el injusto y repugnante epíteto de bárbaros 3

En la indiferencia con que eran vistas las verdaderas producciones del ingenio español, no sólo llegaron á ser despreciadas, sino absolutamente desconocidas. Espectáculo por cierto digno de maduro y profundo exámen!... El arte erudito del renacimiento rechazaba de su seno y aun negaba la existencia del arte erudito de la edad media. Pero este hecho, cuya exactitud es hoy de todos reconocida, basta á explicar la diferente índole, señalando las diversas fuentes de uno y otro arte, y sirviéndonos al par de piedra de toque respecto del juicio que debemos formar ahora de entrambos. Lícito juzgamos asentar desde luego, sin que nos detengamos aquí más de lo conveniente, pues que no es este el lugar en que nos toca explanar estas materias, que casi ninguno de los eruditos que en el siglo XVI escribieron, ya para dictar leyes al arte 4, ya para comentar las obras de los poetas latinos, toscanos y españoles, manifestaron haber consultado aquellas venerandas reliquias de nuestra antigua cultura, sin que les moviese á tan lastimoso desden otra razon que la nativa rudeza de las formas artísticas y de las formas de lenguaje, empleadas por nuestros primitivos poetas.

Hallábase á la sazon dividida la república de las letras entre dos escuelas, ambas hijas de la toscana, y cultivadoras ambas del arte, cuyas formas externas habia á la postre logrado introducir en España la musa de Garcilaso. En vano Castillejo, Diaz Tanco, Marcelo de Nebrija y otros muchos poetas castellanos, que en lugar oportuno estudiaremos, se habian esforzado desde los primeros dias de la innovacion en defensa de la tradicion del arte español, que los imitadores de Petrarca veian con hondo desprecio: en balde el doctor Pinciano declaraba despues en su Filosofia antigua que era el verdadero metro heróico de Castilla el de arte mayor, poniendo por modelo los aplaudidos versos del Labyrintho de Juan de Mena 5. Cuando Francisco Sanchez de las Brozas, uno de los más doctos sostenedores de la escuela salmantina, daba á luz sus Anotaciones de Garcilaso y de Juan de Mena, eran ya enteramente desconocidas, no sólo las obras de nuestros poetas anteriores al siglo XV, sino tambien las del vate cordobés, cuyas producciones comentaba. "Es muy bien, dice, que este poeta sea tenido en mucha estima, aunque no fuera tan bueno como es, por ser el primero que sepamos que haya ilustrado la lengua castellana." Alonso Gonzalez de la Torre, uno de sus discípulos más queridos, escribia, hablando en un soneto de dichas Anotaciones, que habia el Brocense restituido y vuelto á vida de la tiniebla oscura, en que yacia del todo sepultado, al docto Juan de Mena 6.

Y si los cultivadores de la escuela salmantina tenian tan escasas noticias del arte propiamente español; si era este proscrito, "cual triste reliquia de los siglos bárbaros," por varones tan esclarecidos como un Alfonso Garcia Matamoros y un Luis Vives, al examinar las causas de la corrupcion de las artes; si se perdió por último de vista que cuando la literatura de un pueblo no tiene una antigüedad poética anterior á la época en que se desenvuelve con más arte y regularidad, jamás llega á poseer un carácter, ni á respirar un espíritu de vida que le sea propio 7,--no fueron en verdad más conocidos aquellos venerandos monumentos por los discípulos de la escuela sevillana. Ni aun el mismo Fernando de Herrera, el más erudito, el más profundo y elocuente de los comentadores, aquel incansable humanista, que segun el dicho del Maestro Francisco de Medina, habia leido en su juventud casi todos los libros que se hallaban en romance 8, tenia noticia de los poetas españoles de los siglos XII, XIII, y XIV, reduciéndose toda su erudicion en este punto al conocimiento de Juan del Mena, el Marqués de Santillana, Jorge Manrique y Juan del Encina, á quienes no siempre juzga con toda la imparcialidad que debiera esperarse de su gran talento. "Los españoles (escribe hablando de la preferencia dada á la poesía del Petrarca) ocupados en las armas con perpétua solicitud, hasta acabar de restituir su reino á la religion cristiana; no pudiendo entre aquel tumulto y rigor de hierro acudir á la quietud y sosiego de estos estudios, quedaron por la mayor parte ajenos de su noticia, y apenas pueden difícimente ilustrar las tinieblas de la oscuridad en que se hallaron por tan largo espacio de años. Mas ya que han entrado en España las buenas letras con el imperio, y han sacudido los maestros el yugo de la ignorancia, aunque la poesía no es tan generalmente honrada y favorecida como en Italia 9, algunos la siguen con tanta destreza y facilidad, que pueden poner justamente invidia y temor á los mesmos autores della."

La crítica de estos varones, negando de lleno la existencia del arte español, sólo acertó á producir con el peso de la autoridad que justamente alcanzaban, oscuridad y tinieblas; sólo hubiera podido extraviar á los que hubiesen por acaso aspirado á trazar en aquel siglo la historia literaria de los anteriores.

Separaba, sin embargo, un mar inmenso á la literatura erudita del siglo XVI del arte español de la edad media: era este en vario sentido y bajo diversas formas literarias, la expresion genuina de los diferentes pasos dados por aquella civilizacion, amasada laboriosamente con la sangre y el polvo de cien batallas: representaba aquella la imitacion del arte italiano, que por una série de imitaciones se derivaba, ya descolorido y enervado, del grande arte homérico. La imitacion en el fondo y en la forma, no ya de la naturaleza, sino de las producciones de los poetas toscanos y latinos, fué por tanto la bandera de nuestros poetas doctos. Brillaban á sus ojos por todas partes las glorias del arte clásico: sorprendíales la majestad de Horacio y de Virgilio; embelesábanles la dulzura y melancolia de Petrarca, y la sencillez y gracia del Bembo; deslumbrábanles las galas del lenguaje, la variedad y armonia del colorido, la rotundidad y sonoro encanto de las rimas; seducíales en fin la forma exterior de aquellos cantos, que primero envidiaron y emularon despues, no reparando en sacrificarlo todo en aras de semejante ídolo, porque tal era la condicion del arte erudito en aquella edad de formal renacimiento. Hé aquí el único, el supremo dogma de los poetas doctos que produjo España durante el siglo XVI.

Á fortalecer, á canonizar esta creencia literaria debia pues encaminarse la crítica, y se encaminó. El sabio y elocuentísimo fray Luis de Granada en su Rhetorica ecclesiastica 10, el laureado Benito Arias Montano en su Rhetórica 11, obras ambas escritas en latin, el docto Juan de Mal-Lara en su Filosofia vulgar 12, el erudito Alonso Perez Pinciano en su Filosofia antigua 13, el entendido Baltasar de Céspedes, el diligente Rodrigo Espinosa, el celebrado Juan de Guzman en sus Retóricas, compuestas en castellano 14, y tantos otros como trataron de sujetar el arte á reglas fijas en aquella época, sólo tuvieron por norte de sus respectivos trabajos la imitacion más ó menos libre de las obras latinas é italianas, sin comprender los tesoros del mundo interior, que olvidaban, para someterlo todo á los placeres de un gusto aprendido, que sólo les revelaba un arte, hijo de otras costumbres y de otras creencias. La historia de la literatura española, que habria de ser forzosamente escrita por los hombres doctos, no pudo, no debió existir en el siglo XVI, que volviendo los ojos al mundo antiguo, afectaba desconocer su orígen, olvidando la existencia de los tiempos medios.

No seguiremos nosotros el egemplo de los críticos que dominados de ciego exclusivismo, condenan á su antojo el arte que no comprenden ó no satisface las exigencias de su educacion literaria: era el movimiento, que el arte erudito siguió en aquella edad, consecuencia necesaria del estado político é intelectual de las sociedades modernas, y más que todo, natural resultado del casi instantáneo desarrollo y maravilloso acrecimiento de la nacion española, desde que libre ya de la morisma, llevó sus estandartes victoriosos al África, sujetó á su triunfante carro el Nuevo Mundo, y sojuzgó á la espantada Europa. La literatura erudita, que desde sus primeros albores pareció aspirar á la conquista del arte griego y latino, llegó al cabo en el siglo XVI á hacerse cosmopolita, condicion y ley á que no podia en modo alguno sustraerse en nuestro suelo. La erudicion española fué por tanto la erudicion antigua: el arte español en todas sus fases, el arte antiguo, si bien primeramente derivado de la imitacion italiana.

Tan hondas raices echaron estos principios hasta entre los ingenios más eminentes, que cuando Lope de Vega, apoderándose de las tradiciones y creencias populares, llevó al naciente teatro el ya desconocido tesoro de la antigua poesía española, un ingenio cuyo nombre pronunciamos simpre con admiracion y respeto, el inmortal Cervantes, que al declinar del siglo XVI ó al comenzar del XVII, daba á Lope el título de mónstruo de la naturaleza 15, no pudo menos de revelarse contra la revolucion que introducia aquel en el teatro, por ser contraria á los cánones aristotélicos. Mas para que esta contradiccion entre la doctrina y el instinto del arte apareciese todavia más palpable, Cervantes invoca las leyes clásicas, leyes que reconocian por fundamento el principio de la autoridad, en la obra más libre, más espontánea de cuantas ha producido el arte moderno; precisamente en el Ingenioso hidalgo de la Mancha.--"Estas [comedias] que ahora se usan, así imaginadas como históricas (escribia), todas ó las más son conocidos disparates y cosas que no llevan piés ni cabeza. Y con todo eso el vulgo las oye con gusto y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo; y los autores que las componen y los actores que las representan, dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y siguen fábula, como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio; y que á ellos les está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinion con los pocos" 16.

De este modo censuraba Cervantes el teatro de Lope, que se apartaba de las reglas clásicas, y que parecia desdeñar por tanto las unidades que aquellas proclamaban. Pero este gran poeta popular, que así rechazaba del teatro la influencia del vulgo, apelando á los pocos eruditos que aplaudian las producciones trazadas conforme á la legislacion latina, perdia de vista que si todas las obras del arte pueden vivir exentas hasta cierto punto de la intervencion del pueblo, no sucede lo mismo al teatro, en donde no sólo es su voto respetable, sino decisivo y supremo. La historia literaria en general nos enseña que son posibles en algunas épocas, en algunos paises, poesías y literaturas aristocráticas, en las cuales nada representa, nada significa el consenso del pueblo, alejado de las altas clases de la sociedad por insondables abismos. Mas estas literaturas, que sólo pueden en semejante caso ser consideradas, ya como patrimonio de ciertas familias, ya como pasatiempo de ciertas clases, nunca podrán aspirar á ejercer en ningun pais, en ninguna época, pública influencia, habiendo sólo de contentarse con el dominio de los eruditos. Hé aquí pues lo que natural y lógicamente debia suceder á la literatura docta del siglo XVI, bien que no le neguemos los justos títulos que alegaba al reconocimiento y estimacion de los discretos, en la esfera donde podia lucir sus galas.

Pero luego que saliéndose del círculo, donde giraba en brazos de la imitacion toscana-latina, quiso ostentar sus vistosas preseas á la luz de las costumbres y creencias populares, la poesía de los espléndidos salones y de las risueñas Arcadias, apareció desmayada y descolorida; porque ni se alimentaba de las tradiciones del pueblo, á quien dirigia su voz, ni abrigaba sentimiento alguno capaz de seducirle y sojuzgarle, y principalmente porque se hallaba en abierta contradiccion con la vida de aquel pueblo, cuya índole generosa y altiva independencia le hacian ver con entero desprecio cuanto no estaba conforme con sus recuerdos heróicos, cuanto no reflejaba las inauditas hazañas, á que daba diariamente cumplido término y remate.

Sólo un camino habia para crear el teatro español, y ese camino fué mostrado á Lope de Vega por el mismo vulgo, á quien para disculparse con los poetas eruditos de los triunfos que alcanzaba, dió ingratamente el nombre de necio y de ignorante. El pueblo español tenia un pasado lleno de gloria y de esplendor; un pasado en que podian contarse los soles por las victorias, y en que se habian exaltado al par los dos grandes sentimientos que formaban todavia su dogma político y religioso. Dios y la patria habian sido los dos nombres santos escritos en su vitoriosa bandra, y Dios y la patria habian resonado por el espacio de ocho siglos en sus belicosos cantares. ¿Cómo podia admitir el pueblo castellano una poesía que no reflejase profundamente estos dogmas y estos sentimientos? La literatura popular que los reflejaba y que constituia sus delicias, habi formado ya gusto: la literatura popular fué pues la fuente riquísima de inspiraciones para el gran mónstruo de la naturaleza; y el teatro español nació y se desarolló con el fiat de aquel vulgo independiente, que rechazaba el yugo de la literatura erudita, porque no dejaba entender esta sino de los discretos, segun la expresion de Cervantes. Y nótese aquí cómo el espíritu de escuela llevaba á este grande ingenio fuera del terreno en que su prodigioso talento le habia colocado, haciéndole perder de vista que allí donde tiene el pueblo ya formado su gusto; donde conserva vigorosas y brillantes tradiciones; donde goza de independencia, en un palabra, allí florece espontáneamente el arte dramático, siendo vanos todos los esfuerzos para crearle donde no exiten estas condiciones, como demuestra palpablemente la historia literaria de Aténas y Roma 17.

Pero lo que más nos sorprende, al observar la direccion de los estudios en la edad, á que nos vamos refiriendo, es la contradiccion en que aprarecen la crítica y el arte del mismo Lope de Vega, cuyos instintos, alentados por el pueblo castellano, le habian hecho adivinar el teatro español. ¿Qué significa su Arte nuevo de hacer comedias, escrito para disculparse con los ciegos partidarios de la escuela docta, que condenaban sin apelacion todas sus producciones? El escritor que ya habia respondido á los que le tildaban de libre "que las nuevas circunstancias del tiempo pedian nuevo género de comedias" 18, no debió nunca descender al terreno de la humillacion ante la Academia poética de Madrid, ni cantar tan dolorosa palinodia, por haber echado los cimientos á una gloria tan duradera como el nombre del pueblo que en tan contrariada empresa le aplaudia.

No es de este momento el determinar los caractéres que distinguen el teatro de Lope, ni cumple ahora á nuestro propósito el fijar las diferencias que le separan del teatro antiguo; pero cuando contemplamos los tesoros de poesia que encierra, cuando consideramos los altos sentimientos que en todas partes refleja, no podemos explicar cómo llega en el Arte nuevo de hacer comedias hasta el punto de condenar casi todas las que hasta darle á luz habia escrito, llamándose voluntariamente bárbaro, porque no guardó en ellas los preceptos clásicos. Hé aquí algunos pasajes del referido Arte, donde para complacer á sus eruditos amigos, no vaciló en calificar al pueblo que le prodigaba su cariño, con los más humillantes epíteos:

Verdad es que yo he escrito algunas véces,
Siguiendo el arte que conocen pocos;
Mas luego que salir por otra parte
Veo los mónstruos, de apariencias llenos,
Adonde acude el vulgo y las mujeres,
Que este triste ejercicio canonizan,
Á aquel hábito bárbaro me vuelvo.

Despues añede:

Y escribo por el arte que inventaron
Los que el vulgar aplauso merecieron;
Porque, como las paga el vulgo, es justo
Hablarle en necio, para darle gusto.

Y más adelante:

Mas pues del arte vamos tan remotos
Y en España le hacemos mil agravios,
Cierren los doctos esta vez los labios.

Casi al final exclama:

Á ninguno de todos llamar pude
Más bárbaro que yo, pues contra el arte
Me atrevo á dar preceptos y me dejo
Llevar de la vulgar corriente, donde
Me llamen ignorante Italia y Francia.

Concluyendo de este modo:

Sustento en fin lo que escribí, y conozco
Que aunque fueran mejor de otra manera,
No tuvieran el gusto que han tenido;
Porque á veces lo que es contra lo justo,
Por la misma razon, deleita el gusto.

¿Qué significa repetimos, esta contradiccion entre la crítica y el sentimiento del arte, entre el corazon y la cabeza?... Era tan fuerte, tan poderoso en España durante el siglo XVI el respeto de la autoridad, se hallaba tan arraigado en las costumbres y en las creencias de todas las clases, á pesar de los esfuerzos de la protesta, que hubiera sido temeraria empresa negar su predominio absoluto respecto de las letras, acarreándose con semejante conducta el menosprecio de los cultos, quienes fundaban sólo en aquel principio el dogma poético entonces proclamado. Esta es pues la única razon filosófica que puede, en nuestro concepto, explicar contradiccion tan extraña. Pero no deja sin embargo de llamar nuestra atencion el considerar cómo Lope de Vega y con él Cervantes, ingenios ambos vigorosos é independientes, que rompieron en el hecho el yugo de exóticos preceptos, no tuvieron presente que si pudo la poesía lírica hacerse erudita, falseando su primitivo carácter, no era dado lo mismo al arte dramático, el cual, como observa un crítico de nuestros dias, pertenece completamente al Estado, reflejando su vida política y social y alimentándose de cuantos elementos se agitan en su seno 19. Verdad es que estas razones, deducidas de la naturaleza íntima de las cosas, se hubieran entonce estrellado en el torrente de la opinion docta, que las habria rechazado sin exámen, echando sobre ellas y sobre sus autores todo el peso del ridículo, por ofender el dogma de la imitacion, universalmente acatado. ¡Tanto puede el espíritu de escuela, y tan imperiosa y tiránica es la ley de la moda!!...

II.

S�lo un g�nero de escritores conocieron algun tanto en el siglo XVI los antiguos monumentos de nuestra literatura: fueron estos los arque�logos, los historiadores y los cronistas. Animados unos y otros del m�s vivo deseo por dar � conocer las antigüedades espa�olas, comprendieron todos la necesidad de poner en contribucion cuantos elementos habian combatido en su seno durante la edad media; y con este laudable prop�sito acudieron � los olvidados archivos, en donde dormian entre el polvo y la polilla aquellos venerables testimonios de nuestra desde�ada cultura, no sin que interrogasen tambien, segun cuadraba � su intento, los cantos populares.

Favorecian grandemente esta inclinacion de los doctos las mismas circunstancias en que la nacion entera se encontraba, y foment�bala no menos paderosamente la respectiva situacion de ciertas clases sociales, con sus diversas y aun encontradas aspiraciones. Como efecto natural de la pol�tica de Isabel y de Fernando, ampliada por Cisneros y desarrollada, aunque ya con otros fines, por Carlos V y Felipe II, acaeci� entonces en la Pen�nsula Ib�rica lo que tal vez no podia suceder � la sazon en las dem�s naciones de Europa. Levantada la monarquia sobre todas las instituciones, nacidas y desarrolladas en el largo per�odo de la reconquista, ya absorbiendo las unas, ya trasformando las otras, ora anulando aquellas, ora concediendo � estas excesiva y peligrosa preponderancia, oper�base en las regiones de la historia singular fen�meno, digno en verdad de consideracion y ex�men. Hallaba el triunfo de la monarquia, que sobrecoge y avasal�a con su inusitado esplendor todos los esp�ritus, n�mero crecido de panegiristas, que prosiguiendo la obra de los narradores de la edad media, pretendian oscurecer con sus escritos la memoria de las antiguas instituciones pol�ticas, as� como quedaban ya oscurecidas y postradas en la esfera de los hechos. Todo lo fu� entonces para los historiadores de la monarquia la potestad real, siglos antes desesperadamente combatida y no pocas veces hollada, con escarnio de sus leg�timos sostenedores.




1 Encyclopédie par ordre de matières, voz Espagne.-- El docto Abad Denina, á quien no puede tildarse de interesado, leia ante la Real Academia de Berlin, en la junta pública del 26 de Enero de 1786, un curioso é importante discurso con el siguiente título: Reponse à la question, que doit on à l'Espagne?; y tomando por norma el trabajo de Denina, escribia don Pablo Forner la Oracion apologética por la España y su mérito literario. Casi al propio tiempo respondian fuera de la Península á otras acusaciones, no más fundadas, los eruditos jesuitas Lampillas y Andrés, á quienes despues señalaremos la verdadera gloria que les corresponde, como cultivadores de la crítica literaria.


2 Uno de los escritores que con mayor autoridad conceden á la literatura española esta especie de supremacia, es el aleman Federico Schlegel, quien en el capítulo XI, tomo primero de su Historia de la literatura antigua y moderna se expresa en esta forma: "Bajo el aspecto del mérito de la nacionalidad alcanza la literatura española el primer puesto: quizá pueda concederse el segundo á la inglesa."


3 Mr. Theophilo Hope observa, en su Historia de la arquitectura, que no solamente se dió por los italianos el epíteto de bárbaro en la época del renacimiento á cuanto correspondia á la edad media, sino que se confundieron indistintamente bajo el nombre de góticos todos los monumentos que en tan largo espacio de tiempo produjo la arquitectura (cap. XLI, edicion de Bruselas, 1839). Este mismo error se ha padecido en España: cuando don Isidoro Bosarte escribió por egemplo su Viaje á Segovia, calificó los monumentos románicos que aquella ciudad atesora, con el título de góticos, y lo mismo habia hecho antes don Antonio Ponz en su Viaje de España.


4 Es notable la uniformidad que se observa en los estudios críticos de esta época, como despues advertiremos: sin embargo, conviene tener presente en este lugar que no pudieron ser fecundos, por dos razones filosóficas de la mayor importancia: 1.a Porque todos sus cultivadores se colocaron en el punto de vista de la imitacion y bajo el yugo aboluto de la autoridad, 2.a Porque no se elevaron á una esfera superior, desde donde hubieran podido abarcar el espíritu de las letras con una sola mirada. Los trabajos de este género se redujeron á simples pormenores, para no ponerse en contradiccion con el principio universalmente reconocido; y de aquí provino naturalmente el que la crítica no adelantase un solo paso de la meta fijada por la autoridad. Reducida su tarea al exámen de la forma exterior, no pensó en averiguar si dicha forma era la más conveniente, ni si habia algo más que ella. Así se desconoció el verdadero arte español, y no se sospechó siquiera que pudo haber existido. Aquellos críticos fueron pues más retóricos que filósofos.

5 Así se explica Lopez Pinciano respecto de este punto: "Ese verso es dicho de arte mayor. T. Y le dieron nombre conveniente á su grandeza. Vos no veis el ruido y sonido que vá haciendo en su pronunciacion?... Tan grande y heróico, ¿qué verso hay, fuera del exámetro, como este?...

Al muy prepotente don Juan, el segundo.

"Ninguno por cierto ni entre griegos ni entre latinos. Este pues debe de hoy más (de nosotros á lo menos) ser dicho heróico." Cuando Pinciano escribia estas líneas, ya no era usado aquel metro, como él mismo nota más adelante. "Dicho habemos de las especies de metros que Castilla antiguamente usó: agora digamos de los que usa nuevamente, traidos de los italianos" (Filosofia antigua poética, epístola VII).


6 En el citado soneto se leen estos versos:

Al culto Lasso, al docto Juan de Mena
Ves aquí te los ha restituido;
El uno ya del todo sepultado,
De la tiniebla oscura vuelto á vida.
(Obras de Sanchez Broeense. Génova, 1765).

7 Federico Schlegel, Historia de la literatura antigua y moderna, tomo I, cap. VII.

8 "Porque desde sus primeros años, por oculta fuerza de naturaleza, se enamoró [Herrera] tanto de este estudio, que con la solicitud y vehemencia que suelen los niños buscar las cosas donde tienen puesta su aficion, leyó todo los más libros que se hallan escritos en romance; y no quedando con esto apaciguada su codicia, se aprovechó de las lenguas extranjeras, así antiguas como modernas, para conseguir el fin que pretendia" (Introduccion á las Anotaciones de Garcilaso. Sevilla, 1580).

9 La misma queja manifiestan el Maestro Francisco de Medina en su Introduccion citada, el P. Juan de Mariana en la dedicatoria de su Historia general de España, y el docto Pellicer en la introduccion á su Sincello. Veamos lo que dice el P. Mariana á Felipe III con este propósito: "¿Mas qué maravilla, pues ninguno por este camino se adelanta?... Ningun premio hay en el reino para estas letras. Ninguna honra, que es la madre de las artes." En una epístola latina, dirigida á Miguel Juan Vimbodi Apud Leonem Allatium in Apibus urbanis, explana esta misma idea, diciendo: "Aquí se acaba á cada paso la cultura de las letras humanas. Como no se ofrecen por ellas premios algunos ni tampoco honra, estan abatidas miserablemente. Las que dan que ganar se estiman (alude al teatro). Esto es lo que pasa entre nosotros; porque como casi todos valoran las artes por la utilidad y ganancia, tienen por inútiles las que no reditúan" (alude á los demás géneros de literatura docta). En lo que no podemos convernir es en que se siente como un hecho incuestionable que carecieron de proteccion en España las letras, y sobre todo la poesía, durante la edad media. Esto lo afirma Herrera en varias partes de sus anotaciones: en su lugar probaremos no ser exacto. Tambien Juan de la Cueva hace alusion en su Viaje de Samnio, lib. III, á la falta de proteccion en que se hallaban las letras en el siglo XVI, diciendo (Poem. MS. oct.a 20):

Ya no hay Virgilios, porque no hay Mecenas;
Y como no hay Mecenas, no hay Virgilios.

10 Los seis libros Rethoricae ecclesiasticae, sive de ratione concionandi, se dieron á luz por vez primera en Lisboa en 1576, y se reprodujeron hasta tres dentro del siglo XVI (Colonia, 1578-1582; Milan, 1585). En el pasado fueron tambien repetidamente reimpresos.

11 Rhetoricorum libri IV, Francfort, 1572, 8.°; Valencia, 1775.

12 Sevilla, 1568. En la calle de la Sierpe, casa de Hernando Diaz, fól. Madrid, 1619, por Juan de la Cuesta, á costa de Miguel Martinez, en 4.°

13 En Madrid, por Thomás Iunti, 1596, 4.°

14 M. S. en 1598; Madrid, por Guillermo Droiz, 1578, 8.°; Salamanca y Alcalá, 1587 y 1588, 8.°


15 En el prólogo de sus ocho comedias y entremeses dice así, al hablar de Lope: "Dejé la pluma y las comedias, y entró luego el mónstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquia cómica" (Edic. de Madrid por la Viuda de Alonso Martin, año de 1615, en 4.°).


16 El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, tomo I, cap. XLIII. Es digno de advertirse que siempre que habla Cervantes de Lope de Vega, le tributa los mayores aplausos, lo cual prueba, cuando le sensura como poeta dramático, que cedia únicamente al peso de la autoridad. En el libro VI de la Galatea, despues de elogiarle porque, siendo tan jóven, reunia tantos conocimientos, dice:

No entraré con alguno en competencia,
Que contradiga una verdad tan llana;
Y más al acaso á sus oidos llega
Que lo digo por vos, Lope de Vega.

En el cap. II del Viaje del Parnaso le menciona de este modo:

Llovió una nube al gran Lope de Vega
Poeta insigne, á cuyo verso ó prosa
Ninguno le aventaja ni aun le llega.

Esto era sin embargo demasiado conceder, como en ocasion oportuna procuraremos demostrar, con el exámen de las obras de Lope.


17 Mr. Nisard observa, respecto de esta cuestion importante, que las causas de haber tenido Aténas literatura dramática y de carecer Roma de verdadero teatro, se deducen de la constitucion civil y política de uno y otro pueblo (Estudios de costumbre y de crítica sobre los poetas latinos de la decadencia, Bruselas 1834). En Aténas todo lo era el pueblo indígena, árbitro y soberano de las letras, como de la república: en Roma todo lo podia la aristocracia, que dominaba política y moralmente al pueblo, raza vencida dentro de los muros de la gran ciudad, y opresora de las demas naciones fuera de aquel recinto. Aténas conservaba puras sus tradiciones nacionales, dominando todos sus recuerdos la idea de la unidad de la patria comun. Roma, engrandecida con los despojos de todo el mundo, carecia de verdaderos orígenes nacionales, y no podia por tanto dar vida á un teatro propio y que reflejara al par todos los instintos de aquella monstruosa amalgama de pueblos que se habian congregado alrededor del Capitolio. No existiendo este principio de unidad, no era posible fundar un teatro. España, como Aténas, reunia por el contrario todas ó las más condiciones para producirlo, y lo produjo en efecto.

18 Vida de Miguel de Cervantes Saavedra por don Gregorio de Mayans y Siscar, 1750, núm. 70. Góngora, que no era tan blando al yugo de los preceptos como Lope, dió á la Academia poética de Madrid en uno de sus sonetos el nombre de Academia de la Mula, burlándose de la supremacia que intentaba ejercer en la república de las letras.


19 El citado Federico Schlegel, Historia de la Literatura antigua y moderna, tomo II, cap. 12.



Historia crítica de la literatura española
por José Amador de los Rios
Madrid
Imprenta de José Rodriguez
1861

Rutgers University Libraries
PQ6032.A5 1861A v.1


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Francisco López Rodríguez
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