MEMORIAS
DE
D. ANTONIO ALCALÁ GALIANO
PUBLICADAS POR SU HIJO
Tomo I.
MADRID
IMPRENTA DE ENRIQUE RUBIÑOS
Plaza de la Paja, 7 bis.
1886
ES PROPIEDAD
ADVERTENCIA
Cuando en 1878 publiqué, coleccionados en forma de libro, los artículos que con el título de Recuerdos de un anciano escribió el autor de la presente obra, en la revista llamada La América, dije al lector, entre otras cosas, lo siguiente:
"Más tarde, cuando las circunstancias lo permitan, se publicará la obra póstuma del autor, que es como la fuente y orígen de donde proceden estos episodios; sus memorias inéditas, en que se presentará al público el personaje en la vida política y privada, desnudo de todo atavío, tal como fué en sus propósitos y en sus hechos, y derramando cual brillante antorcha la más viva luz sobre los sucesos de los dos primeros períodos de la revolucion española."
Hoy, que ha llegado el momento de cumplir esta promesa, que era á la vez mi más vivo deseo, perdóneme el público el retraso con que ante él presento la obra anunciada entónces, y permítame que le precedan algunas ligeras aclaraciones por parte mia.
Al dar á conocer en toda su integridad el manuscrito original de las MEMORIAS de mi padre, del cual ya publiqué varios capítulos en los suplementos literarios de El Dia, creo necesario acompañar ahora alguna, si bien sucinta advertencia, encaminada á explicar los motivos que me mueven á entregar á la imprenta esta obra póstuma del que, al par que era y es objeto constante de todo mi amor y veneracion, logró ser considerado por sus propios contemporáneos como orador eminente, repúblico íntegro y escritor castizo.
Su repentina muerte no le permitió dictar en aquella hora sus últimas voluntades; pero cuando en el seno de la familia hablaba de lo que debería hacerse en el dia en que faltase, idea que en la avanzada edad á que había llegado era natural que se presentase con frecuencia á su imaginacion, aluna vez me indicó su deseo de que, no bien trascurriese algun tiempo de su fallecimiento, tratase yo de publicar el manuscrito de sus MEMORIAS, por estimarlo así necesario á la verdad histórica, y á la honra y buena fama de su nombre. Efectivamente: en este escrito, donde á cada paso se ve claramente la sinceridad con que el autor se expresa y la severidad con que á sí propio se juzga, desvanece diversas é injustas acusaciones de que fué á menudo víctima durante su larga carrera política. Nunca podré sentir bastante que el tercero y último tomo de estas MEMORIAS, que, segun le oí, comprendía desde el año 24 al 40, haya desaparecido casi por completo, pues sólo me restan fragmentos del principio, que se refieren á su emigracion en Inglaterra, y otros muy inconexos del 34 al 36. Perdidos no sé cómo ni cuándo, pero completamente perdidos, por desgracia, sobre ser materiales preciosos para reconstruir la historia de aquella accidentada época, eran á la vez, segun le oí afirmar, una vindicacion de su conducta política en los dias en que naturalmente, por la fuerza de los sucesos y de las enseñanzas adquiridas con su notable espíritu de observacion, se fueron modificando sus ideas, y pasó de las filas liberales á las conservadoras, sin que en esta evolucion le guiasen miras mezquinas, sino la fuerza del convencimiento y los mandatos de su severa conciencia.
Aparte, pues, del mérito que encierre la presente obra, de que no cabe pueda creerse juez imparcial ni competente el que estas líneas escribe, presentar la que consideraba el autor vindicacion de su conducta, y cumplir el encargo solemne y sagrado de hacerlo, dándola á conocer al público, entendía yo que debí ser para mí el más imprescindible de los deberes. Así es que, pasados los primeros momentos en que me entregué al acerbo dolor causado por tan irreparable pérdida, pensé, no sólo en dar á luz estas MEMORIAS, sino en reunir sus muchos y diversos escritos para publicar una coleccion de sus obras, lo más completa que me fuera posible, creyendo prestar así un tributo de cariño y un homenaje de respeto á mi padre, á la par que un servicio á las letras españolas. Pero no era pequeña tarea la que me había impuesto, porque siendo mi padre, como es sabido, hombre en extremo descuidado, y sobre todo en lo que á sí propio se refería, nunca conservó, ó por lo ménos desde que yo alcancé la edad de la razon, he visto que tuviese un solo ejemplar de ninguna de sus obras. A pesar de este inconveniente, valiéndome de la recapitulacion de lo que había escrito, hecha en los apuntes biográficos que Ovilo y Otero publicó en la época de su fallecimiento, pude reunir no poco de lo allí citado, con alguna otra cosa inédita que en mi poder conserve, y el manuscrito de las MEMORIAS; y coleccionado que hube estos materiales, traté de buscar medios con que realizar la publicacion.
Pero si al desaparecer mi padre del teatro del mundo no se le escasearon en el momento elogios, y áun honores, nadie encontré propicio para facilitarme los medios materiales con que pudiese cumplir este que yo entendía deber mio. Y aquí estará bien que diga que, habiéndome dejado mi honradísimo padre, por única y para mí muy preciada herencia, un nombre intachado é intachable, cosa bien rara en los tiempos que corren, en que tantos han sabido desmentir el antiguo refran de que honra y provecho no caben en un saco, no me fué entónces posible, por falta de recursos, hacer la impresion de estas obras.
De todas las amargas contrariedades en que ya abunda, por desgracia, mi vida, ninguna me ha sido tal vez tan penosa como la de ver mi impotencia para llevar á cabo el encargo de mi padre. No cabiéndome otro recurso, he esperado con resignacion, y hasta ahora en vano, que se me presentase oportunidad para realizar mi propósito, siquiera fuese limitándole á la publicacion de la MEMORIAS.
Hoy que puedo contar con los medios necesarios para la publication de esta obra, gracias al generoso concurso de mi querido primo el conde de Casa-Valencia, que entre las dotes intelectuales y morales que todo el mundo le reconoce, cuenta la singular y para mí tan preciada de tener en mucho cuanto se refiere al glorioso apellido que ambos con el mismo orgullo, si bien con desigual brillo llevamos, tocándome á mí ser rama desgajada y marchita del añoso tronco, al par que de la suya lozana brotan con vigor los retoños del frondoso árbol que lleva ya dados á España tantos hombres ilustres en la ciencia, en las armas, en la tribuna y en la prensa, séame lícito decir al público lo que debo al cariñoso pariente; y al consignar en este lugar el testimonio de mi gratitud, rogar al que tal apoyo me presta, que acepte esta expresion de mi reconocimiento, apreciándola en lo que vale, no por quien la ofrece, sino por la sinceridad y efusion con que procura manifestársela una inteligencia, en sus medios humilde, pero puesta en este momento al servicio de un corazon agradecido.
El manuscrito de las MEMORIAS va á ver la luz pública tal cual lo escribió su autor, no habiéndome permitido hacer en su texto la menor alteracion ni supresion (que hubiera sido á mi ver un atentado), salvo el dividirle en capítulos y poner al frente de cada uno de ellos un resúmen que facilite su lectura y consulta. Esto mismo se notará fácilmente por el lector, porque escrita la obra toda seguida y sin más division que la de tomos, por más cuidado que haya querido emplear en la reparticion de capítulos, resultan éstos desiguales, y las materias tratadas en cada uno no forman un cuadro completo y armónico, como en las obras en que el autor dispone ya de esta manera su produccion. Tambien sucede á veces que el primer párrafo de un capítulo, que por su asunto principal se aparta por completo del último del anterior, forma con él un enlace de referencia gramatical; pero si esto hubiera sido posible enmendarlo sin gran trabajo, fiel á mi propósito de no tocar al original, lo he dejado tal cual estaba, recordando además en aquel momento el conocido principi de un capítulo de El Quijote: La del alba sería...
Otra de las imperfecciones de que podrá adolecer esta obra, es la nacida de ser su manuscrito de dos letras, cada una en su clase bien confusas; la del autor, que no peca de clara, y la de su escribiente, que, sobre tenerla mala, cometía graves faltas de ortografía, y áun suprimía palabras, escribiendo, segun parece, a dictado, y no corrigiendo el autor la tarea realizada.
Esto ha hecho á veces difícil restablecer el sentido de oraciones truncadas por el inexperto amanuense, y otras imposible, ó punto ménos, adivinar los nombres propios, á menudo citados en el texto.
Tambien debo añadir, á título de indicacion necesaria para la inteligencia de estas MEMORIAS, que fueron escritas en los años de 1847 al 49.
Aun cuando casi todos los personajes á que las MEMORIAS se refieren han dejado ya de existir, preveo que el juicio emitido en ellas sobre algunos, y la narracion de ciertos hechos, pueden dar lugar á reclamacion de parte; y por si tal caso se presentase, debo declarar anticipadamente que, no poseyendo yo papeles ni documentos que sirvan de comprobacion á los asertos del libro, no me hallo en el caso de contestar ni refutar á quienes se crean mal juzgados.
Sólo sí debo decir que quien con tal severidad se trata á sí mismo; quien no escasea la más rígida censura para sus propios actos; quien revela en toda su desnudez hasta los más íntimos y tristes pormenores de su vida privada, dando por momentos á su obra el carácter de verdaderas Confesiones, no es de creer que le falte serenidad de juicio para juzgar á los extraños.
Tal vez haya quien piense que publicacion de tal índole debería haber sido precedida de un prólogo ó introduccion de algunos de nuestros más notables escritores; pero yo entiendo que una obra como ésta, de autor reputado, referente á sucesos curiosos y mal conocidos hasta ahora, se basta á sí misma para llamar la atencion del público, sin necesidad de pedestal que la levante.
¿Será esta presuncion excesiva? Tal vez; pero ha de encontrarse disculpada por el amor filial que la dicta.
Pronto el público será juez, y á su fallo lo someto.
ANTONIO ALCALÁ GALIANO (hijo).
Madrid 1.° de Febrero de 1886.
ÍNDICE
| Páginas. |
|
|
CAPÍTULO PRIMERO. | |
Propósito de la obra. | 1. |
Linaje, hechos y condicion de los parientes del autor. | 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. |
Su nacimiento. | 9, 10, 11. |
Embarque de su padre para dar la vuelta al mundo. | 12. |
Carácter y prendas de su madre. | 13. |
Educacion que recibe y precocidad que demuestra. | 13, 14. |
Visita á su abuelo en las líneas de Gibraltar. | 15, 16. |
CAPÍTULO PRIMERO
Propósito de la obra. | 1. |
Linaje, hechos y condicion de los parientes del autor. | 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9. |
Su nacimiento. | 9, 10, 11. |
Embarque de su padre para dar la vuelta al mundo. | 12. |
Carácter y prendas de su madre. | 13. |
Educacion que recibe y precocidad que demuestra. | 13, 14. |
Visita á su abuelo en las líneas de Gibraltar. | 15, 16. |
Voy á referir los sucesos de mi vida, con los cuales están eslabonados muchos de los más importantes de mi patria. Razon esta última que me disculpará en alguna manera de la nota de presuntuoso que justamente se me podría poner por el hecho de ocupar la atencion pública en negocios de mi pobre persona, pues con la grandeza de un objeto quedará compensada la pequeñez suma del otro, con él tan audazmente apareado. Bien que tampoco se debe extrañar que algo diga de mí propio, cuando tanto, y no en mi honra, han dicho y dicen varios escritores; pareciendo muy justo que, si bien de chica estatura moral ó intelectual, pero levantado sobre un pedestal enorme, habiéndome dado á conocer en grado superior al de mis merecimientos, quiera manifestarme tal cual soy, ó cual me creo yo mismo, y no segun me pintan la malquerencia de mis contrarios ó la equivocacion de otros á quienes éstos alucinan. Razon hay para que se defienda un hombre á quien agravian, para que se sincere un sujeto al cual hacen cargos completamente injustos muchos, abultados otros, y unos pocos, si justos, de los que admiten disculpa; y por eso procuraré refutar calumniosas acusaciones, desvanecer errados supuestos, vociferar flaquezas cuando en mí las conozca, ya se trate de lo presente, ya de lo pasado, reducir á sus verdaderas dimensiones culpas que, siendo veniales, han sido pintadas ó son tenidas por gravísimas, todo ello sin darme por ménos falible ahora que lo he sido ántes, convencido de lo posible de ser nuevo yerro el que estimo desengaño, pero con intencion sana y con lisura, no mereciendo censura severa si me engaña ó descamina el celo de mi propia honra.
Al hablar de mí, debo decir algo de mi familia. Esto no está al uso ahora, al ménos en España, donde las ideas democráticas predominan. Sin embargo, aquí mismo, y ahora, no dejan de manifestarse vanidades aristocráticas, ya reliquias de antiguas ideas y costumbres, ya nuevas y á imitacion de lo que pasa en los pueblos extraños. No es tan nueva la doctrina de la igualdad que no esté predicada por autores antiguos, áun de época en que éramos los españoles muy linajudos. Cervántes dice que, haldados puede haber caballeros, y cuando más, que cada uno es hijo de sus obras; y Cervántes tenía en mucho las circunstancias de la cuna más ó ménos ilustre. En la democrática Francia de nuestros dias, ó en la República anglo-americana, donde impera la muchedumbre y falta clase alguna de privilegios, todavía se atiende á la casualidad del nacimiento, y son, si no en el gobierno, en la sociedad tenidos en estima los que pueden blasonar de corresponder á familias de grande ó siquiera mediano lustre. Lo cierto es que esta ventaja, como todas, es apreciada por quienes la poseen, y rebajada por quienes de ella están faltos; y que ventaja es, lo declara la opinion de todos lo pueblos en todas la edades.
No tengo yo la honra de llevar uno de los nombres ó dígase apellidos señalados en la historia antigua de mi patria, y contados entre los principales de estos reinos. Pero tampoco soy un aventurero elevado por la revolucion, como se figuran muchos, que sólo saben de mí que hablaba en la Fontana de Oro de 1820, suponiendo que fué la tribuna de aquel café la base del edificio de mi fortuna y fama. Si consulto antiguos documentos, desciendo, por el lado paterno, de un Guillen de Alacalá, personaje de cuenta en el siglo XII. Este apellido se unió en el siglo XVI con el de Galiano, que lo era de familia ilustre del reino de Murcia. En el mismo siglo se fundó mayorazgo por mis antepasados en la villa de Doña Mencia, provincia de Córdoba, donde está mi casa solariega, quedando hecho de Alcalá y Galiano un solo apellido compuesto, que había de tomar quien heredase la vinculacion de la casa.
Mi madre llevaba el apellido de Villavicencio, de la rama de los Fernandez, y no de los Nuñez, y era prima en tercer grado del duque de San Lorenzo, padre del que hoy lleva este título; esto es, descendía del mismo tatarabuelo, siendo hermano su bisabuelo de una Villavicencio, marquesa de la Mesa.
Por el apellido de Pareja, tambien ilustre, era mi madre prima segunda de mi abuelo paterno, con otro parentesco más, por lo cual, para casarse con mi padre, hubo menester doble dispensa. Por fin, el apellido de la Serna, segundo de mi madre (pues Pareja era el cuarto), tenía, sobre ser antiguo y bueno, cierta clase de ilustracion, que era ser los que le llevaban, por lo comun, agudos é instruidos, mucho más que lo comun en caballeros ó señores de provincia. De mi bisabuelo materno, ó abuelo materno de mi madre, habla el padre Feijóo con motivo de haber tenido con él correspondencia sobre un niño bicípete, nacido en Medina-Sidonia, y le menciona diciendo de él: D. Luis de la Serna y Espínola, regidor de Medina-Sidonia, que es un caballero muy discreto.
Pero dejando antiguas alcurnias, no estará demás hablar de la situacion de mis padres y familia cuando yo nací, porque esto ya influyó en mi situacion en mis primeros años. En verdad, en la hora en que vine al mundo, los mios estaban, si no en grande encumbramiento, en situacion bastante ventajosa para mi futura carrera, situacion que los llevó a adelantos notables, segun apuntaré ahora mismo.
Mi abuelo D. Antonio Alcalá Galiano y Pareja era teniente coronel del regimiento de milicias provinciales de Bujalance. Poseía el mayorazgo de la casa, y servía en milicias, como solían en aquella época los caballeros de tierra adentro. Despues pasó á coronel del regimiento provincial de Écija. En la guerra del Rosellon, en 1793 y 1794, se distinguió por su valor y tuvo la fortuna de contribuir á la gloriosa defensa de Bellegarde, á la par casi con su gobernador; siendo ésta una de las pocas defensas honrosas al nombre español hechas en aquellas campañas de poco lustre y muy mala fortuna. Siguióse de ahí ascender á brigadier de ejército, y al fin de su vida á mariscal de campo, y obtener una buena encomienda en la Órden de Alcántara, de que fué caballero, así como mi padre, su hijo y los dos hermanos de mi madre, mirando yo siempre por esto la cruz verde con singular respeto y cariño.
El primogénito de mi abuelo, y hermano mayor de mi padre, que nació cuando el suyo contaba ya cabales diez y seis años de su edad, servía tambien en milicias provinciales como mayorazgo de provincia, y en la misma guerra de Francia se señaló tanto por su bizarría, que hubo de ascender á coronel en breve tiempo, cuando no se andaba largo en premiar, como es ahora costumbre. Cortó la muerte su carrera, cayendo en una de las derrotas que hicieron tan funesto á España el año de 1794. Dejó varios hijos, con los que ha sido dura la fortuna, salvo el que heredó el mayorazgo de la casa, tampoco muy feliz, bien que por cualpas propias, habiéndose acarreado temprana muerte con vituperables excesos.
El segundo hermano de mi padre contribuyó al nombre y á los adelantos de la familia. Llamábase D. Vicente, y entrando á servir en el Real Colegio de Artillería de Segovia, dió desde luégo muestras de muy aventajado en sus estudios; de forma que, salido á oficial, hubo de quedarse de maestro. Dedicóse en tanto á otra clase de estudios, sin olvidar los científicos de su profesion. En literatura adquirió buenos conocimientos, llegando á ser escritor de mérito en sus dias; pero á lo que más atendió y donde más llegó á sobresalir, fué en las cuestiones económicas. Hízose dueño de lo que se sabía en Europa en su tiempo, y más especialmente de la obra de Adam Smith, sobre la riqueza de las naciones, á la sazon no vulgarizada. A esto agregó despues un conocimiento profundo del complicado antiguo sistema de la Hacienda de España, en lo cual de pocos ha sido igualado y por nadie excedido, conservándole aún mucha admiracion los que se dedican al estudio del mismo ramo. Empezó mi tio á señalarse con obrillas que daba á la Sociedad Económica de Amigos del País, de Segovia, en la cual figuraba como uno de los socios más celosos é ilustrados. Con esto, soliendo estar cercana la corte, que pasaba todos los años al Real Sitio de San Ildefonso, llamó su persona la atencion del conde de Lerena, ministro que era de Hacienda, reinando todavía Cárlos III. Pasó mi tio de capitan de artillería á comisario de guerra, y de ahí á oficial de la secretaría del despacho de Hacienda, llegando á privar con Lerena hasto lo sumo; y cuando á éste sucedió en el ministerio D. Diego Gardoqui, no sólo manteniéndose, sino recibiendo aumentos en su privanza. Por algun tiempo era quien más podía en su ramo, y habría sido de hecho ministro, si no le hubiesen malquistado con la corte ciertas rarezas, porque á un tiempo era cortesano en lo sumiso, é independiente en lo censor de los desórdenes de sus dias, señalándose por lo íntegro, á la par que por lo encogido y falto de mundo. Dió tambien en ser republicano en teórica, aunque en la práctica fiel y reverente servidor de su soberano. Resta decir que murió siendo tesorero general en Cádiz, sitiada por los franceses en 1810, trayéndole la muerte la fiebre amarilla, cuando contaba pocos años sobre los cincuenta.
El tercer hermano fué mi padre.
El cuarto, cuyo nombre era Antonio, así como el mio, nombre muy comun en la familia, y que sigue siéndolo, dando márgen á equivocar los dichos y hechos de unas personas con otros, estudió leyes, y no bien concluyó sus estudios, cuando, á uso de aquellos dias, en los que raras personas distinguidas hacían de abogados, vistió la toga, siendo nombrado alcalde del crímen en la chancillería de Valladolid, muy mozo todavía. Este llegó á ser consejero de Hacienda, y murió en 1826. Empezó una obra titulada Máximas de legislacion, que algunos me han atribuido. En su juventud fué tambien de ideas innovadoras y democráticas; pero con los años mudó, y el último período de su vida fué señalado por su celo de la causa del trono.
Tuvo mi padre dos hermanas. La una vivió y murió en un convento. La otra se casó con un brigadier de artillería, D. Antonio Valcárcel, que despues, por fallecimiento de sus hermanos mayores sin hijos, heredó el título de marqués de Medina, ilustre, pero pobre en rentas. Mi tia falleció en 1813, en el mar del Sur, donde su marido había sido nombrado capitan general de Chile, siendo teniente general de ejército; pero las revueltas de aquellas tierras no le consintieron ejercer su cargo, y trasladándose ambos consortes de uno á otro punto de aquellas costas y de las vecinas del Perú, acometidos en el buque en que iban de una enfermedad pestilente y aguda, fallecieron, mediando poquísimos dias de la muerte del uno á la del otro, con lo cual tuvo algo de tierno y novelesco un fin por otra parte ordinario. Dejaron tres hijos, que todos murieron en edad temprana, y una hija, que aún vive, casada con D. José Gener, oficial que ha sido de la secretaría del despacho de Hacienda. El primogénito, aunque murió joven, se había ya casado conuna hija del marqués de la Regalía, y dejó una niña heredera de su título, pero apénas de su hacienda, la cual ha venido casi á nada.
Resta decir de la familia de mi madre, con la cual particularmente me crié.
Mi madre era la última entre sus hermanos, de los cuales, habiendo muerto algunos, vívían dos varones y cuatro hembras. Aquéllos entraron á servir en la armada, habiendo venido su padre y mi abuelo materno D. Antonio Villavicencio á circunstancias, si no de pobreza, tales, que precisaban á sus hijos á buscar carrera. Ambos entraron á un tiempo en el Real Colegio de Guardias-marinas, siendo forzoso fingirles la edad, por tener el primero más y el segundo ménos que la necesaria para ser admitidos. Fué muy desigual la fortuna de estos hermanos, aunque la mala é injusta del mayor de ellos mejoró algo, poco, ántes de su muerte. D. Rafael de Villavicencio, que es el de quien hablo, era de regular talento, de alguna cultura y buen ofical de marina; pero con su honradez y valor hermanaba encogimiento, darse demasiado á su casa y familia, y ser de poco brillo, aunque de festivo humor y chistoso. Siguió su carrera sin reveses, pero sin los aumentos debidos. En las desdichas de la Armada española no tuvo parte hasta 1805. Vivía, sin embargo, pospuesto, y era simple capitan de navío cuando su hermano D. Juan María, menor que él en siete años, é igual en antigüedad en el servicio, ceñía ya la faja de jefe de escuadra. En 1799, habiendo salido con el navío que mandaba en la escuadra combinada, que el mando del almirante Bruix navegaba para Brest, fué separado por el temporal de sus compañeros, y vecino á las costa meridionales de Portugal, se vió en medio de una escuadra inglesa. No perdió con todo eso ánimo; entróse en un puertecillo portugués, y allí se abrigó malamente. Los orgullosos ingleses, acostumbrados á tratar á Portugal como tierra propia, ó como sierva, se dirigieron á apresarle allí, sin respetar la neutralidad del territorio. Mi tio entónces envió á decir á los del pueblecillo vecino al lugar de su fondeadero, que abrasaría la poblacion con el fuego de sus cañones, si no encontraba en ella la proteccion que le era debida. Surtió efecto la amenaza, y los portugueses convencieron á los prepotentes amigos ó dominadores á que dejasen libre el navío español. A poco, aprovechando mi tio una ocasion favorable, se hizo á la mar, y se metió en Cádiz. Ni áun por esta accion alcanzó premio. Años despues, en el combat dado enfrente del cabo de Finisterre, en Julio de 1805, cayendo sotaventado entre la escuadra enemiga, y mal socorrido por los franceses, que no acertaron á sustentar bien la pelea en que entraron los pocos españoles unidos con ellos, hizo una vigorosa defensa, y si bien hubo al cabo de arriar bandera y entregarse, alcanzó con su resistencia honra y gloria. Por este revés honroso fué al fin hecho brigadier. De ahí á poco, obtuvo la faja cuando su hermano menor la tenía desde más de cinco años ántes, ya con el segundo bordado. Murió este tio mio en 1810, de sesenta y tres años, muy sentido por mí, que lo traté acaso más que á mis otros parientes varones, y á cuyas dos hijas mellizas, mis primas hermanas, he mirado siempre con cariño fraternal.
Muy diversa vino á ser, como dejo dicho, la suerte del otro hermano de mi madre, personaje notable y á quien siempre tuve yo la consideracion de que disfrutaba en la familia, siendo además mi padrino de bautismo. D. Juan María Villavicencio, á quien me refiero, tenía en verdad singular talento y calidades no comunes; chistoso por demás, en su gesto serio y áun desabrido, satírico, á veces cáustico, buen marino, aunque no de los eminentes en la parte científica, de muy varia instruccion, si no profunda, con habilidades de cortesano, si bien á menudo con repugnancia á serlo, principalmente ántes de la vejez, con dón de gentes para el mundo, á pesar de ser duro y caprichoso, reverente y murmurador, pero fiel y puntual; con tales cualidades adelantó rapidamente en su carrera en la Armada, sin dejar de hacer navegaciones largas y peligrosas; pisó con frecuencia, no sin concepto ni sin ventaja, los términos de la corte, y paró en tener las más altas dignidades, hasta la de Regente del Reino en la regencia más calificada entre cuantas hubo cuando, cautivo Fernando VII en Francia, sustentó la nacion española la causa de su honor é independencia. Los libros de este tio mio, que eran algunos y escogidos, sirvieron en gran manera á mi enseñanza, y de su conversacion y ejemplo tomé mucho, siendo él muy amado de mi madre, aunque debo decir que en lo mucho que le traté más le tenía de consideracion que de cariño.
De las hermanas de mi madre, ésta y una más se casaron: las dos mayores quedaron solteras. Cada una de las primeras tomó consigo á una de las segundas. La que tocó en suerte á mi madre me profesó amor maternal arrebatado. Fué su destino en edad avanzada tener que seguirme á climas septentrionales, donde tierra, lengua, costumbres, todo era para ella muy ajeno de sus hábitos y aficiones, y esto no obstante, resistió á nueve años de destierro en Inglaterra y Francia, y hubo de alargar sus dias hasta morir, ya de ochenta y dos años, á los cinco de haber vuelto á España, causándome su pérdida un dolor de los que se sienten cuando perden las criaturas el último lazo que las liga á su vida antigua, esto es, á sus mejores años.
Tiempo es ya de hablar de mí mismo, y confío en que se me disimularán las noticias que anteceden, en fuerza de la razon que me mueve á hacerlas; pues representado por algunos con malicia y por otros con equivocacion, y creido por muchos un aventurero político, cuya fortuna es debida á las revueltas y desdichas de su patria, como la de tantos de quienes hay abundantes ejemplos, he estimado justo decir las que, áun siendo verdades impertinentes, no por esto pierden su carácter de verdades. Fuera de esto, si hay quien me culpe de vanidades pueriles y fundadas en poco, doblaré humilde la cabeza á su sentencia, estimándola en parte justa, aunque pecando por severa, y alegando en mi defensa que merece algun perdon quien habla de sí propio, sobre todo en la vejez, amiga de parladurías, y en situacion no ventajosa en que suelen los hombres abultarse á sus propios ojos, aún más que en otras ocasiones, sus merecimientos de cualquiera clase (1).
Mi padre, nacido en la villa de Cabra, en Octubre de 1760, era teniente de navío cuando yo ví la luz en Cádiz, á 22 de Julio de 1789. Más de una vez, con las supersticiones de que nadie está exento, he meditado en la rara circunstancia que me hizo nacer á mí destinado á vivir entre revueltas é inquietudes y á tomar una parte considerable en las de mi patria, en el mes y año en que empezó en el mundo la más importante y grave mudanza que han visto todas las edades. En efecto, ocho dias había de la caida de la Bastilla en París, lance primero de la gran tragedia que tanto conmovió á Francia y ha venido á dislacerar, á madurar y á renovar el mundo, cuando ví yo la luz primera. Confieso, por otra parte, que esta reflexion es impertinente, porque en los mismos dias hubieron de nacer miles destinados á vida más pacífica y oscura que la mia, casi todos ellos á mejor fortuna, y los que á mala, áun de otra clase que la que me ha tocado en suerte.
En la hora de mi nacimiento vivían mis padres con un pasar mediano, tan distante de la riqueza cuanto de la estrechez, y con muy fundadas esperanzas de aumentos en su fortuna. Mi padre gozaba ya de alto concepto en su carrera. No bien concluyó sus primeros estudios, comunes á todos los oficiales de la Real Armada, cuando hubo de dedicarse á los que se llamaban mayores, ó sea astronómicos, seguidos por pocos, y éstos los más aprovechados de la marina española, á la sazon floreciente. Había ido en la expedicion de D. Vicente Tociño á levantar las cartas marítimas de las costas de España, obra muy honrosa á nuestra nacion y de gran mérito para su tiempo, cuando ninguna otra poseía una coleccion de la misma clase tan completa y tan bien hecha, y obra en la cual trabajaban casi todos los oficiales de saber y buen concepto de aquellos dias. En ella estaba empleado mi padre cuando resolvió el Gobierno español hacer un reconocimiento del Estrecho de Magallanes para ver si era posible efectuar por él el tránsito del Océano Atlántico al Pacífico, hecho por allí en la vez primera en que se dió la vuelta al mundo, y abandonado despues de resultas de haber sido descubierto y doblado el Cabo de Hornos, si bien en el siglo XVIII desgracias ocurridas á varias expediciones, y nacidas de la mala práctica, de tener miedo á la tierra y de engolfarse en altas latitudes, eran causa de ser mirada con cierto horror la navegacion por las inmediaciones del mismo Cabo que hoy se lleva á efecto con tan poco cuidado y peligro. De la relacion impresa de este viage casi infructuoso por haberse reconocido que no convenía de modo alguno volver al paso del Estrecho, consta que fué destinado á ella mi padre con D. Alejandro Belmonte, ambos sacados de la expedicion de Tociño como oficiales de superior inteligencia para la parte propiamente facultativa de aquella empresa. A ella fué mi padre á poco de haberse casado; y á su vuelta, efectuada en breve, fué cuando empezó mi existencia. Las navegaciones en la época de que trato proporcionaban algunas, bien que no grandes ventajas, á los oficiales de marina, entónces todavía bien pagados. Así es que, como dejo dicho, en el dia de mi nacimiento vivía mi familia desahogadamente. Estaba entónces con mi madre la suya, y tambien su hijo D. Juan, á la sazon capitan de navío, y juntos los bienes de todos, podía pasarse con más anchura.
Fuí yo el primer fruto del matrimonio de mi padre, habiéndome precedido sólo un mal parto de mi madre. No por esto podía haber esperanzas de que heredase el mayorazgo de mi familia, pues el hermano mayor de mi padre estaba ya casado y tenía hijos, y el segundo era jóven y robusto. Celebróse, con todo, mi nacimiento como si estuviese yo destinado á mejor suerte que la que entónces se me presentaba. Fuí bautizado con pompa superior á la comun, y me echó el agua el canónigo lectoral de la catedral de Cádiz, D. Antonio Frianes y Ribero, predicador elocuente y hombre entendido y de alto concepto en Cádiz, celebrándose la ceremonia en la parroquia del Hospital Real, que era la castrense.
A los ocho dias de haber yo nacido, hubo de dejarme mi padre para una ausencia de algunos años. Había sido destinado á una expedicion cuyo encargo era dar la vuelta al mundo. Los viajes del inglés Cook y otros navegadores, y el que á la sazon estaba haciendo el francés La Pérouse, cuyo fin fué tan desdichado, tenían muy ocupada la atencion de los Gobiernos y pueblos europeos, y el Gobierno español, muy celoso entónces del lustre de su marina, no quería quedasen atrás en la carrera corrida á la sazon con tanta gloria por los extraños. El mando de esta expedicion fué dado á D. Alejandro Malaspina, italiano de nacimiento, aunque oficial al servicio de España desde el principio de su carrera, entendido en su profesion y de instruccion varia, hombre muy de mundo y cortesano travieso además, y que, como en su lugar se dirá, metido en enredos y marañas de corte, hubo de causar á su amigo, mi padre, algun daño y mayor peligro. La partida de mi padre, aunque dolorosa prometía algunas ventajas, no siendo leves las que resultaban en los oficiales de marina de ser empleados en semejantes expediciones; sin contar con que, ganando en ellas en crédito los que le merecían, le proporcionaban notables aumentos en su fortuna.
Quedado yo solo, y segun las apariencias por algunos años, al cuidado de mi madre, bien corría riesgo mi educacion de haber sido descuidada, mayormente siendo yo mirado con extremos de cariño. Pero no fué así, aunque tal vez el equivocado amor materno, segun referiré, proporcionándome algunas ventajas, no dejó de acarrearme inconvenientes de los que á ellas suelen ir anejos. Contaba yo sólo ocho meses, cuando nos trasladamos de Cádiz al pueblo contiguo, llamado la Real Isla de Leon, y hoy la ciudad de San Fernando, primero y pricipal departamento de marina. Esta poblacion, hoy tan decaida, estaba á la sazon por demás floreciente, y eso que tenía pocos años de existencia, pues á mediados del siglo próximo pasado no había en el lugar donde hoy está más que uno ó dos caseríos, y en la época en que yo en mi infancia pasé á habitar allí, D. Antonio Pons en su viaje de España le supone un vecindario de más de cuarenta mil almas, cómputo exagerado, pero prueba de la repentina grandeza de aquel lugar, tanta era la á que había llegado entónces la real marina de España; grandeza por desgracia fugaz y de brevísima duracion, debiéndose el haber desaparecido, en parte á culpas posteriores del Gobierno, y en parte á ser aquella fábrica desproporcionada á sus cimientos, no estribando sobre los de una numerosa marina mercante. Ello es que al abrirse los ojos de mi entendimiento vi el espectáculo de un pueblo, aunque pequeño, lucido, componiendo su lustre el de la oficialidad de marina. Natural era, pues, que mis primeros pensamientos y afectos fuesen todos de amor y respeto á un cuerpo lucido é ilustrdo, que por todas partes me rodeaba y en el cual servían mis más cercanos parientes, mi padre y los dos hermanos de mi madre, con otros varios de mi familia. La carrera de marina era la que yo habría abrazado, si hubiese podido seguir mi gusto.
Pero conviene tratar de tiempos muy anteriores á los en que podía presentárseme la ocasion de elegir. Mi madre, desde mis más tiernos años, cuidó de mi crianza intelectual con esmero y áun con celo excesivo. Era señora bastante instruida para criada en una provincia de España y en aquella época; y no lo era ménos su madre y mi abuela doña Juana de Laserna, que vivía á nuestro lado, que me amaba con idolatría, y á la cual pagaba yo mi afecto como suele hacerse en la primera infancia. Una y otra sabían bastante de historia, especialmente de la de España, leida, como es de suponer, en Mariana y otros autores castellanos de ménos nota; una y otra habían leido mucha poesía, y señaladamente nuestro teatro antiguo, siendo idólatras de Calderon, y una y otra atendían algo á los sucesos políticos de su tiempo, en lo poco que en aquellos dias se mezclaban en las cosas de Estado los meros particulares. No tenían, como era de presumir, el mejor juicio crítico ó filosófico, aunque no careciesen de cierto gusto literario, si no el más acrisolado, tampoco torpe. De esto ciertamente no podía yo ser juez entónces; pero he venido á serlo despues, conservando fidelísimamente en mi memoria mucho de lo que entónces oí de boca de personas tan queridas y veneradas, y una de las cuales, mi madre, vivió hasta tener yo edad en que pudiese formar juicio sobre esos conocimientos é ideas.
Lo cierto es que, recien cumplidos los tres años, había yo aprendido á leer, y lo hacía con perfeccion para aquella edad asombrosa. Contribuyó á que adquiriese estas dotes haber yo sido naturalmente lo que se llama adelantado, pues anduve y hablé ántes que lo comun en los niños; progresos físicos que, como se verá, no se sostuvieron. Sabiendo ya leer, fui puesto á escribir tambien muy prematuramente. Resultó de esto último cobrar malas mañas, que despues no he podido remediar, áun en un modo singular de coger y llevar la pluma, con otros vicios en el carácter de mi letra. Pero en los estudios meramente intelectuales siguieron siendo notables mis progresos. A poco más de los cuatro años sabía de memoria gran parte de las fábulas de Samaniego, muchas de las de Iriarte, con los malos versos sobre la historia de España, por el P. Isla, anejos á su traduccion del compendio de Duchesne. Sin contar otras obras de igual ó parecida naturaleza, en que estaba incluido el Catecismo de Fleury, porque cuidaban mucho de enterarme de la Historia Sagrada y de las doctrinas de la religion, mi abuela, que era devota, aunque no fanática, y mi madre, cuya piedad religiosa, sin ser tan ardiente é intensa, era, con todo eso, cabal y sincera. La verdad es que empecé á ser mirado como un prodigio chiquito, abultando fuera de toda medida mis méritos el tierno amor de los que me rodeaban, y áun la necesidad ó la lisonja de algunos, entre los extraños que me conocían. Mi crianza en la parte moral no era señalada por extremos viciosos de indulgencia, y sin embargo, venía yo á ser completamente lo que se llama un niño mimado, aunque con una clase especial de mimo.
Cuidábase particularmente de no exponerme al calor ni al frio, y atendiéndose á mis estudios, materia de gusto y tambien de vanidad inocente, y de ellas no conocida, para mi madre y abuela, se me criaba apartado de otros muchos, con maestros en casa, en vez de enviarme á la escuela, y segun la expresion comun, entre las faldas. Aunque en mis primeros años sólo tuve una enfermedad grave, y áun escapé de las entónces comunes de las viruelas y el sarampion, sin duda por mi crianza recogida, áun cuando en ello tuviese parte mi complexion natural, era yo un niño enteco y desmañado. Quizá de ahí viene que he carecido enteramente durante mi vida de fuerzas y de agilidad corporal, hasta un grado nada comun. En verdad, son tales mi desmaño y flaqueza, que á todo se extiende; así ni corro, ni salto, ni lo he hecho en mis mocedades, sino muy mal, y al aprender á bailar con buenos maestros, hube de dejarlo, viendo cuán pocos progresos prometía, y resignándome á no tener este recreo, ántes que tenerle, siendo ridículo y molesto; y soy pésimo jinete, y no he podido adelantar en la esgrima, ni en el dibujo, á que se agrega tener mala letra y andar como tropezando, pudiendo tal vez achacarse al mismo orígen el aumento, si no la causa, de la cortedad de mi vista y de flaquearme las piernas y temblarme todo el cuerpo, con otros accidentes nerviosos, de todo lo cual sacan motivo harto cierto para ridicularme quienes me profesan mala voluntad, y hasta muchos indiferentes. No sé si atribuir al mismo orígen mi sensibilidad extremada y viva, la cual batalla en mí con un genio propenso á analizar y á juzgar fria y desapasionadamente; mezcla de encontradas cualidades que me pasman cuando me examino á mí propio. No puedo oir una buena música, ni referir una accion grande, sea lastimosa, ó por otro lado tierna, ni oir ó leer la expresion de pensamientos ó afectos que conmueven, sin arrasarme en lágrimas los ojos, ó áun sin que el llanto procurado en balde reprimir, me bañe las mejillas.
Del modo que ántes va referido pasaban mis niñeces, siguiendo en la isla de Leon, de la cual sólo salí para un corto viaje á la línea de Gibraltar, donde estaba á la sazon mi abuelo paterno, con el regimiento de su mando. Ví á este pariente cercano y respetable, y no le cobré buen afecto. Era mi abuelo, llamado, como yo, Antonio, hombre duro, severo, quisquilloso, poco instruido, aunque no necio, lleno de rarezas y recomendable en medio de todo como hombre entero y de pundonor, principalmente como soldado. Chocáronme sus costumbres, señaladamente una que tenía igual á la que cuentan del francés duque de Vendome y de su hermano el gran prior, que era recibir á sus subalternos sentado en vaso nada limpio, donde pasaba largos ratos, presentándose á las gentes para cosa en que casi todos se esconden. Tambien me chocaron los extremos de respeto exterior con que pretendía ser tratado, obligando á sus nueras, ya crecidas, á que le besasen la mano, y á éstas y á sus hijos á sumision, como á la que se tiene á los mayores solamente miéntras duran los años de la niñez. Mi madre, á quien yo profesaba, sobre tanto amor, tanta consideracion, llevaba á mal tantas singularidades de su suegro, que en mí hubieron de infundir escaso afecto á una persona á quien debía tenerle muy señalado.
(1) Escribíanse estas Memorias en época en que el autor, perdido por completo el caudal que heredó de su familia, se veía reducido á vivir con suma estrechez y sin otros recursos que su mal pagada cesantía.
Memorias de D. Antonio Alcalá Galiano
por Antonio Alcalá Galiano, hijo
Madrid
1886
Rutgers University Libraries
DP202.A45A3 v.1
Omnipædia Polyglotta
Francisco López Rodríguez
[email protected]
[email protected]